Han tomado la extraña resolución de ser razonables

Jorge Luis Borges, “Los conjurados”

Quienes nos declaramos liberales y, no obstante, no adherimos al santoral libertariano -que tantos acólitos tercermundistas recluta a través de seudo-think-tanks que ofician más de ámbito de socialización de la juventud colonizada por el pensamiento gestionario que de institutos de investigación en políticas públicas- enfrentamos dificultades a la hora de justificar, asaltados por energúmenos de diverso pelaje, nuestras convicciones políticas. Es que la libertad como concepto político ha sido vapuleada desde distintos flancos ideológicos, generalmente postergada a favor de la igualdad desde la izquierda, reducida a libertad económica desde el neoconservadurismo de mercado.

El liberalismo político –en sus versiones no dogmáticas o economicistas- ha sido históricamente refractario a adoptar concepciones particulares del bien y de la verdad cuya validez permitiera realizarlos sobre la tierra por medios políticos, imponerlos como fundamento válido erga omnes. Este abstencionismo epistémico, que surge de la aversión a los proyectos utópicos y totalizantes que pretenden imprimir sobre la tabula rasa social un determinado elenco de valores -y que se convierte en condición de posibilidad de un pensamiento genuinamente liberal, respetuoso del principio kantiano de autonomía y del imperativo milliano de dejar a los individuos la forja de su plan de vida- tiene como corolario lógico el reconocimiento de la pluralidad irreductible de los valores finales (como los denominara Max Weber) que se juegan en el ámbito de la política. No obstante, este reconocimiento puede derivar en una contradicción performativa, puesto que si los valores liberales no ocupan un sitial privilegiado en la constelación moral, se derrumba cualquier perspectiva de fundar un pensamiento consistente en su primacía.

La defensa del liberalismo político ha sido encarnada por ciertos pensadores que se enmarcan en la corriente del racionalismo crítico, que encuentra uno de sus más altos exponentes en Karl Popper y su célebre La sociedad abierta y sus enemigos (1945). La obra de Isaiah Berlin -ilustrado y a la vez crítico de los excesos monistas de la Ilustración- introduce un quiebre en esta tradición. En su célebre conferencia “Dos conceptos de libertad” (1959), Berlin pretende demostrar la imposibilidad de la satisfacción última de los fines humanos -la idea de que las verdades parciales por las que se ha debatido la humanidad finalmente encajarán de alguna manera  en un único rompecabezas moral- lo que implica, eo ipso, la inerradicabilidad del conflicto como categoría de la vida social. La imposibilidad de atender las múltiples y contrarias solicitaciones que reclaman la lealtad de los hombres comporta de suyo la necesidad de elegir entre fines concurrentes, elección que implica pérdidas siempre trágicas. Se trata, pues, de un liberalismo agonista, que lleva ínsito el reconocimiento del conflicto como instancia de lo humano.[1] Berlin cierra la conferencia con la siguiente frase de Joseph Schumpeter:

“Darse cuanta de la validez relativa de las convicciones propias -dice un admirable escritor de nuestro tiempo -y, no obstante, defenderlas resueltamente, es lo que distingue a un hombre civilizado de un bárbaro.”[2]

Esta cita bordea el relativismo, aunque Berlin se ocupa de explicitar la distinción entre relativismo y pluralismo[3]. Este último no comporta la imposibilidad de entendimiento entre individuos que persiguen fines concurrentes, ya que los valores finales no serían arbitrarios sino objetivos (“son parte de la esencia humana”) y de número finito.

La cita de Schumpeter ocupa un lugar central en el capítulo de Contingencia, ironía y solidaridad (1989) que Richard Rorty dedica a la descripción de su utopía liberal. A contramano del liberalismo racionalista, Rorty aboga por una sustitución del léxico del racionalismo ilustrado que sustenta las distinciones entre, absolutismo y relativismo, racionalismo e irracionalismo; si este léxico pudo haber verificado su utilidad en los comienzos de la democracia liberal, ahora “se ha convertido en un obstáculo para la preservación y el progreso de las sociedades democráticas”[4].

Es precisamente ése el léxico de las acusaciones de relativismo a la cita con la que Berlin cierra su ensayo, como lo prueba la objeción esgrimida por el comunitarista Michael Sandel, citada por Rorty:

“Si las convicciones que uno tiene son sólo relativamente válidas, ¿por qué las defiende tan resueltamente? En un universo moral trágicamente configurado, como el que Berlin supone, ¿está el ideal de libertad menos sujeto a la inconmensurabilidad última de los valores? (…), entonces, ¿qué puede decirse a favor del liberalismo?”[5]

Para Rorty, la expresión “relativamente válidas” no encierra ninguna contradicción, puesto que sólo las verdades moralmente triviales (las de la matemática, por ejemplo) son absolutamente válidas. Nadie se molestaría en defender “tan resueltamente” una convicción que estuviera justificada para cualquiera. No hay manera de situarse fuera nuestros léxicos históricos y contingentes; no es posible ubicarse en un punto de vista desde el cual elegir racionalmente entre distintos valores. En palabras del propio autor, “no habrá una actividad tal como la de examinar valores concurrentes a fin de ver cuáles son moralmente privilegiados. Porque no habrá forma de elevarse por encima del lenguaje, de la cultura, de las instituciones, y de las prácticas que uno ha adoptado, y ver a estas en plano de igualdad con todas las demás.”[6]

No se puede escapar a la contingencia histórica del lenguaje; es en los cambios de léxico, en las sucesivas redescripciones, donde radica la posibilidad del progreso. Una sociedad liberal necesita menos un conjunto de fundamentos –a la manera racionalista- que de una mejor redescripción de sí misma como una cultura “poetizada”. A una cultura así “no la aterrorizarían ya los espectros llamados “relativismo o “irracionalismo”. Una cultura así no supondría que una forma cultural de vida no es más fuerte que sus fundamentos filosóficos.”[7] Con independencia de la postura que se tome en la ya decantada polémica sobre el “relativismo” en sus múltiples aristas, hay que reconocer que Rorty es un relativista que asume las consecuencias de su propio relativismo.

De esta manera, un liberal renunciaría a la posibilidad de refutar a su adversario marxista/nazi/peronista, de acorralarlo ante un muro argumentativo que lo forzara a admitir el privilegio de la libertad liberal; antes bien, un liberal reconocería que ese mismo muro es un léxico más, un “telón pintado, una obra humana más, un fragmento de decorado cultural”[8], esto es, reconocería la contingencia del propio lenguaje y de los argumentos que se derivan naturalmente de su uso. Ante tales adversarios –agrego- un liberal adoptaría el ethos del how interesting. Ello no significa el abandono de toda  posibilidad de entendimiento humano. Ocurre que la filosofía y la racionalidad no son los protagonistas de la empresa de acrecentar la solidaridad humana; esa tarea eminentemente pública, la esperanza liberal de reducir la crueldad del mundo -nótese la definición laxa y a la vez heterodoxa de liberalismo que el autor adopta- le corresponde a cierta literatura, mientras que la filosofía debería quedar relegada a servir al ideal de perfección privada[9].

¿Qué es, entonces, un ironista liberal? Alguien que tiene dudas “radicales y permanentes” acerca de su léxico último (los términos en los cuales define y justifica las acciones de su propia vida); personas “nunca muy capaces de tomarse en serio a sí mismas porque saben siempre que los términos mediante los cuales se describen a sí mismas están sujetos a cambio, porque saben siempre de la contingencia y la fragilidad de sus léxicos últimos y, por lo tanto, de su yo.”[10] La ironía es lo contrario del sentido común (que pretende describir todas las cosas importantes en el léxico al que estamos acostumbrados sin reparar en las trivialidades que éste encierra) y el ironista es lo contrario del metafísico (que sostiene que el deber del filósofo es encontrar las esencias de las cosas que están en el mundo, porque la verdad es una propiedad del mundo y no de las proposiciones).

En la concepción rortyana, la libertad residiría en el reconocimiento de la contingencia; radicaría en “(…) concebir el propio lenguaje, la propia consciencia, la propia moralidad y las esperanzas más elevadas que uno tiene, como productos contingentes, como literalización de lo que una vez fueron metáforas accidentalmente producidas (…) Los ciudadanos de mi utopía liberal serían personas que perciban la contingencia de su lenguaje de deliberación moral y, por tanto, de su consciencia, y, por tanto, de su comunidad. Serían ironistas liberales: personas que satisfagan el criterio de civilización señalado por Schumpeter, personas que combinen el compromiso con una comprensión de la contingencia de su propio compromiso”.[11]

P.E.B.

REFERENCIAS:

Berlin, Isaiah (2005) [1959], Dos conceptos de libertad y otros escritos, Madrid, Alianza.

Rorty, Richard (1991) [1989], Contingencia, ironía y solidaridad, Barcelona, Paidós.


[1] Para un tratamiento extenso del tema Cf. Siperman, Arnoldo: Una apuesta por la libertad. Isaiah Berlin y el pensamiento trágico, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 2000

[2] Berlin, Dos conceptos de libertad y otros escritos, Madrid, Alianza, 2005, p. 114

[3] Afirma Berlin: “No soy un relativista; no digo “a mí me gusta el café con leche y a ti sin leche; yo estoy a favor de la amabilidad y tú de los campos de concentración”.” Berlin, op. cit, p. 138

[4] Rorty, Richard, Contingencia, ironía y solidaridad, Barcelona, Paidós, 1991, p. 63

[5] Rorty, op. cit., p. 65

[6] Rorty, op.cit., p.69

[7] Rorty, op. cit., p.72

[8] Rorty, op. cit., p. 72

[9] Cf. Rorty, op. cit., cap. 7, 8 y 9.

[10] Rorty, op. cit., p. 92

[11] Rorty, op. cit, pp. 70-80

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