La pregunta resulta pertinente, puesto que son los intelectuales, indiscutiblemente minoritarios en cualquier sociedad, quienes se oponen al sistema económico vigente -resulta ocioso señalarlo- con más fervor que la clase obrera. Aquí pretendo reproducir el argumento que desarrolla Robert Nozick en su artículo intitulado, de manera nada original, “Why do Intellectuals Oppose Capitalism?”[1] y anotarlo con breves observaciones.
Nozick comienza señalando que “los intelectuales son, estadísticamente, una anomalía” y que, si bien sus opiniones se distribuyen a lo largo del arco ideológico, la curva tiene “una tendencia hacia la izquierda”. Más precisamente, lo que Nozick se propone explicar es el número desproporcionado de intelectuales hostiles al capitalismo en comparación con otros grupos sociales. Como indica el autor, no toda la oposición de los intelectuales a la economía de mercado proviene de la izquierda: Yeats, T.S. Elliot y Ezra Pound lo hicieron desde la derecha.
Antes que nada, hay que aclarar qué entiende el autor del artículo por “intelectuales”. “Por intelectuales, no me refiero las personas de un cierto nivel de inteligencia o de educación sino a quienes, en su profesión, tratan con ideas expresadas con palabras, dando forma al flujo de palabras que otros reciben. Entre estos “artesanos de la palabra” (wordsmiths) se incluyen poetas, novelistas, críticos literarios, periodistas y muchos profesores. La definición no incluye a aquellos que producen información principalmente en forma cuantitativa o matemática (los “artesanos de los números” [numbersmiths]) o a quienes trabajan en los medios, a los pintores, escultores, directores.” Estos intelectuales -continúa- se concentran en la academia, los medios y la burocracia.
Clarificada la definición, Nozick justifica la relevancia de la pregunta que pretende responder el artículo: la importancia de los intelectuales deriva de que ellos “dan forma a nuestras ideas e imágenes de la sociedad”, elaboran las políticas públicas evaluadas por la burocracia y “nos dan las oraciones que utilizamos para expresarnos”. ¿Por qué se oponen, pues, a una sociedad que, en líneas generales, les permite desarrollar sus actividades libremente? ¿Por qué otras personas de condición económica similar no lo hacen?
La explicación de Nozick, hay que aclararlo, no se basa en ningún estudio empírico. El artículo es un ensayo que propone una explicación posible y plausible que es el producto de una intuición –no por ello irracional- del autor. Más bien cabría calificarla como una “explicación potencial”, noción que Nozick toma de Hempel, y que define “burdamente” como la que “sería la explicación correcta si todas las cosas mencionadas en ella fueran ciertas y operaran. (…) Una explicación potencial fundamental (una explicación que elucidaría todo el campo considerado si fuera la explicación verdadera) es explicativamente iluminante aun si ésta no es la explicación correcta.”[2] Este concepto no parece distar mucho de lo que comúnmente se llamaría una hipótesis provisoria (valga el pleonasmo, para tranquilizar a Popper).
La explicación puede desdoblarse en dos argumentos que operan sumamente imbricados.
En primer lugar, el sentimiento de autoimportancia de los intelectuales como grupo. Para Nozick, los intelectuales creen que son el grupo más valioso dentro de la sociedad y que deberían ser recompensados, en consecuencia, más que otros grupos. Desde Platón, los intelectuales han creído que su actividad es la más valiosa y sólo ellos desarrollaron una teoría acerca de quiénes eran los mejores. Sin embargo, la sociedad capitalista no retribuye las actividades según la concepción meritocrática de los intelectuales sino según los principios de la oferta y la demanda. Este contraste entre una concepción internalizada de justicia meritocrática y las reglas del mercado, que son las de la sociedad, produce resentimiento.
En segundo lugar, Nozick afirma que esta idea meritocrática es producida por el sistema educativo. Es éste el que premia las habilidades intelectuales en detrimento de otras y el que inculca el principio de recompensa según el mérito intelectual. Sin embargo, para la sociedad, estas habilidades no son las más importantes y, por tanto, no son las más valoradas, i.e., las mejor retribuidas. (Nótese que Nozick no afirma que los intelectuales necesariamente aspiran al tipo de recompensa que obtienen los más exitosos en una sociedad capitalista). “El intelectual quiere que toda la sociedad sea una escuela en grande, que sea como el ambiente en el cual se desenvolvió tan bien y en el que era tan apreciado. Inculcando estándares de recompensa distintos de los de la sociedad en general, las escuelas garantizan que algunos [futuros intelectuales] experimentarán movilidad social descendente.” Terminada la escuela, verán cómo algunos de sus compañeros intelectualmente menos talentosos tienen éxito en la sociedad y, por tanto, se opondrán al sistema que contradice las normas de justicia distributiva que han internalizado.
En la escuela, no obstante, como enseña la vasta filmografía norteamericana sobre el tema, funcionan dos sistemas de distribución de recompensas: el meritocrático y académico (centralizado), y el de relaciones sociales informales, el del recreo y el pasillo (descentralizado). Para los intelectuales, el primero es al socialismo (que propone, en efecto, un sistema centralizado de producción y distribución) lo que el segundo es al capitalismo (desregulado y “anárquico”).
El autor agrega que la oposición entre escuela y mercado no es tan tajante como pareciera, sino que el fenómeno se explica precisamente por la cercanía entre ambos sistemas: ambos parecen anunciar la retribución del valor y del esfuerzo individual, generando así la expectativa de una convergencia entre ambos sistemas. Sin embargo, como se sabe, en una economía de mercado, la contribución económica no coincide con el valor intelectual, por lo que la expectativa (que no existiría si tal promesa no existiera) resulta traicionada.
Nozick afirma que, así expuesta, la hipótesis parece funcionar para cualquier tipo de sociedad, proponiendo su puesta a prueba en sociedades comunistas y, complaciente, concluye que ha hallado “un factor explicativo que, una vez dicho, resulta tan obvio que debemos creer que explica algún fenómeno del mundo real.”
Lo primero que cabe criticar de esta explicación es su psicologismo. Las explicaciones psicológicas especulan sobre cuestiones complejas como las intenciones y las motivaciones de las acciones o actitudes de individuos concretos. Suelen resultar simplistas, máxime si no se basan en estudios empíricos. Aunque también el artículo formula una tesis sociológica que tiene preeminencia sobre sus efectos psicológicos -la referida a la relación entre el sistema educativo y el sistema económico-, un concepto central de la explicación sigue siendo un factor de esta índole, i.e., el resentimiento, que, como sabemos, tiene un potencial explicativo demasiado polivalente: desde el fenómeno vernáculo del peronismo hasta la perfidia de los mozos y los encargados de edificio. Por lo demás, la parte sociológica de la explicación se funda -como reconoce el autor- una sociología de sillón, basada sólo en sus intuiciones más o menos ocurrentes.
En segundo término, resulta bastante endeble la distinción de Nozick entre wordsmiths y numbersmiths, en particular en lo relativo a las razones de la ausencia de oposición al capitalismo de estos últimos. Cito el párrafo completo: “Conjeturo que estos niños cuantitativamente brillantes, aunque sacan buenas notas en los exámenes relevantes, no reciben la misma aprobación y atención cara a cara por parte de los maestros que los niños verbalmente brillantes. Son las habilidades verbales las que generan estas recompensas personales del maestro, y aparentemente son estas recompensas las generan el sentimiento de merecimiento (entitlement)”. Dudo de que ésta sea una razón válida, por lo menos en la actualidad; antes bien habría que atender tanto a las diferencias concretas entre las disciplinas que practica cada uno de los grupos –en el primer caso su contenido suele referirse a la sociedad mientras que dicha referencia es otra en el segundo- cuanto al influjo del marxismo en humanidades y ciencias sociales. Por lo demás, cuando en 1966 el gobierno militar irrumpió por la fuerza en la universidad, lo hizo en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, considerada en el momento una de las más radicalizadas, lo cual invita a revisar el rol de la militancia estudiantil con independencia de la rama del conocimiento que se cultive.
En tercer lugar, es obvio que el artículo no pretende discutir la justicia o injusticia de la economía de mercado, bien porque a) dé por sentado que eso no es un problema o b) la considere una cuestión impertinente para responder a la pregunta formulada. En cualquier caso, acotando así el rango de ésta, queda excluida toda posibilidad de que la mentada oposición sea legítima o justificada, sea cual sea la explicación que se proporcione, puesto que, como se ha excluido deliberadamente la cuestión de la justicia de la economía de mercado, resulta imposible de suyo analizar la relación entre las críticas de los intelectuales hacia el capitalismo y esa estructura del mundo exterior a la que éstas se dirigen. Nozick sólo se refiere al contenido de las críticas de manera deliberadamente lateral cuando afirma que los intelectuales continúan “vistiendo” su animosidad con diversas razones públicamente apropiadas, aún cuando dichas razones hayan sido refutadas.
Finalmente, Nozick podría haber analizado la relación escuela/economía de mercado a partir de otros ejes distintos del de la distribución de recompensas -y que podrían revelar similitudes entre ambos ámbitos-, por ejemplo, el rol de la competencia en uno y en otro. Además, al focalizar en las diferencias entre escuela y mercado, se priva de discutir con quienes, desde sus antípodas intelectuales, sostienen la tesis contraria, a saber, la que postula una serie de correspondencias entre aquélla y éste. Así, Louis Althusser ha sostenido que la escuela, junto con otros aparatos ideológicos de Estado, “enseña las “habilidades” bajo formas que aseguran el sometimiento a la ideología dominante o el dominio de su “práctica”.[3] “¿Qué se aprende en la escuela? Es posible llegar hasta un punto más o menos avanzado de los estudios, pero de todas maneras se aprende a leer, escribir y contar, o sea algunas técnicas, y también otras cosas, incluso elementos (…) de “cultura científica” o “literaria” utilizables directamente en los distintos puestos de la producción (una instrucción para los obreros, una para los técnicos, una tercera para los ingenieros, otra para los cuadros superiores, etc.). Se aprenden “habilidades” (savoir-faire) (…) Se aprende también a “hablar bien el idioma”, a “redactar” bien, lo que de hecho significa (para los futuros capitalistas y sus servidores) saber “dar órdenes, es decir (…) “saber dirigirse” a los obreros, etcétera.”[4] De algún modo, Nozick y Althusser caen en dos lugares comunes simétricos. En los ámbitos intelectuales en los que he participado suele predominar el segundo.
En resolución, la respuesta de Nozick debe tomarse como una hipótesis (“explicación potencial”) antes que como una explicación propiamente dicha. Si bien de a momentos casi linda con el lugar común, es formulada de manera rigurosa, con matices pertinentes y, sobre todo, es susceptible de ser verificada mediante estudios empíricos.
P.E.B.
* Agradezco a Alejandro Coto y Matías Butelman por haber discutido el artículo de Nozick con quien escribe; contribuyeron a clarificar ideas y formular objeciones.
[1] Disponible en: http://www.cato.org/pubs/policy_report/cpr-20n1-1.html e incluido en Nozick, Robert, Puzzles Socráticos, Madrid, Cátedra, 1999. Todas las citas sin referencia provienen de este artículo. La traducción de los fragmentos citados es mía.
[2] Nozick, Robert, Anarquía, Estado y Utopía, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, pp. 20-21. Subrayado en el original
[3] Althusser, Louis, Ideología y aparatos ideológicos de Estado, Buenos Aires, Nueva Visión, 2005, p. 15. Subrayado en el original.
[4] Ibíd., p. 14





