¿Por qué los intelectuales se oponen al capitalismo?*

Julio 27, 2009

La pregunta resulta pertinente, puesto que son los intelectuales, indiscutiblemente minoritarios en cualquier sociedad, quienes se oponen al sistema económico vigente -resulta ocioso señalarlo- con más fervor que la clase obrera. Aquí pretendo reproducir el argumento que desarrolla Robert Nozick en su artículo intitulado, de manera nada original, “Why do Intellectuals Oppose Capitalism?”[1] y anotarlo con breves observaciones.

Nozick comienza señalando que “los intelectuales son, estadísticamente, una anomalía” y que, si bien sus opiniones se distribuyen a lo largo del arco ideológico, la curva tiene “una tendencia hacia la izquierda”. Más precisamente, lo que Nozick se propone explicar es el número desproporcionado de intelectuales hostiles al capitalismo en comparación con otros grupos sociales. Como indica el autor, no toda la oposición de los intelectuales a la economía de mercado proviene de la izquierda: Yeats, T.S. Elliot y Ezra Pound lo hicieron desde la derecha.

Antes que nada, hay que aclarar qué entiende el autor del artículo por “intelectuales”. “Por intelectuales, no me refiero las personas de un cierto nivel de inteligencia o de educación sino a quienes, en su profesión, tratan con ideas expresadas con palabras, dando forma al flujo de palabras que otros reciben. Entre estos “artesanos de la palabra” (wordsmiths) se incluyen poetas, novelistas, críticos literarios, periodistas y muchos profesores. La definición no incluye a aquellos que producen información principalmente en forma cuantitativa o matemática (los “artesanos de los números” [numbersmiths]) o a quienes trabajan en los medios, a los pintores, escultores, directores.” Estos intelectuales -continúa- se concentran en la academia, los medios y la burocracia.

Clarificada la definición, Nozick justifica la relevancia de la pregunta que pretende responder el artículo: la importancia de los intelectuales deriva de que ellos “dan forma a nuestras ideas e imágenes de la sociedad”, elaboran las políticas públicas evaluadas por la burocracia y “nos dan las oraciones que utilizamos para expresarnos”.  ¿Por qué se oponen, pues, a una sociedad que, en líneas generales, les permite desarrollar sus actividades libremente? ¿Por qué otras personas de condición económica similar no lo hacen?

La explicación de Nozick, hay que aclararlo, no se basa en ningún estudio empírico. El artículo es un ensayo que propone una explicación posible y plausible que es el producto de una intuición –no por ello irracional- del autor. Más bien cabría calificarla como una “explicación potencial”, noción que Nozick toma de Hempel, y que define “burdamente” como la que “sería la explicación correcta si todas las cosas mencionadas en ella fueran ciertas y operaran. (…) Una explicación potencial fundamental (una explicación que elucidaría todo el campo considerado si fuera la explicación verdadera) es explicativamente iluminante aun si ésta no es la explicación correcta.”[2] Este concepto no parece distar mucho de lo que comúnmente se llamaría una hipótesis provisoria (valga el pleonasmo, para tranquilizar a Popper).

La explicación puede desdoblarse en dos argumentos que operan sumamente imbricados.

En primer lugar,  el sentimiento de autoimportancia de los intelectuales como grupo. Para Nozick, los intelectuales creen que son el grupo más valioso dentro de la sociedad y que deberían ser recompensados, en consecuencia, más que otros grupos. Desde Platón, los intelectuales han creído que su actividad es la más valiosa y sólo ellos desarrollaron una teoría acerca de quiénes eran los mejores. Sin embargo, la sociedad capitalista no retribuye las actividades según la concepción meritocrática de los intelectuales sino según los principios de la oferta y la demanda. Este contraste entre una concepción internalizada de justicia meritocrática y las reglas del mercado, que son las de la sociedad,  produce resentimiento.

En segundo lugar, Nozick afirma que esta idea meritocrática es producida por el sistema educativo. Es éste el que premia las habilidades intelectuales en detrimento de otras y el que inculca el principio de recompensa según el mérito intelectual. Sin embargo, para la sociedad, estas habilidades no son las más importantes y, por tanto, no son las más valoradas, i.e., las mejor retribuidas. (Nótese que Nozick no afirma que los intelectuales necesariamente aspiran al tipo de recompensa que obtienen los más exitosos en una sociedad capitalista). “El intelectual quiere que toda la sociedad sea una escuela en grande, que sea como el ambiente en el cual se desenvolvió tan bien y en el que era tan apreciado. Inculcando estándares de recompensa distintos de los de la sociedad en general, las escuelas garantizan que algunos [futuros intelectuales] experimentarán movilidad social descendente.” Terminada la escuela, verán cómo algunos de sus compañeros intelectualmente menos talentosos tienen éxito en la sociedad y, por tanto, se opondrán al sistema que contradice las normas de justicia distributiva que han internalizado.

En la escuela, no obstante, como enseña la vasta filmografía norteamericana sobre el tema, funcionan dos sistemas de distribución de recompensas: el meritocrático y académico (centralizado), y el de relaciones sociales informales, el del recreo y el pasillo (descentralizado). Para los intelectuales, el primero es al socialismo (que propone, en efecto, un sistema centralizado de producción y distribución) lo que el segundo es al capitalismo (desregulado  y “anárquico”).

El autor agrega que la oposición entre escuela y mercado no es tan tajante como pareciera, sino que el fenómeno se explica precisamente por la cercanía entre ambos sistemas: ambos parecen anunciar la  retribución del valor y del esfuerzo individual,  generando así la expectativa de una convergencia entre ambos sistemas. Sin embargo, como se sabe, en una economía de mercado, la contribución económica no coincide con el valor intelectual, por lo que la expectativa (que no existiría si tal promesa no existiera) resulta traicionada.

Nozick afirma que, así expuesta, la hipótesis parece funcionar para cualquier tipo de sociedad, proponiendo su puesta a prueba en sociedades comunistas y, complaciente, concluye que ha hallado “un factor explicativo que, una vez dicho, resulta tan obvio que debemos creer que explica algún fenómeno del mundo real.”

Lo primero que cabe criticar de esta explicación es su psicologismo. Las explicaciones psicológicas especulan sobre cuestiones complejas como las intenciones y las motivaciones de las acciones o actitudes de individuos concretos. Suelen resultar simplistas, máxime si no se basan en estudios empíricos. Aunque también el artículo formula una tesis sociológica que tiene preeminencia sobre sus efectos psicológicos -la referida a la relación entre el sistema educativo y el sistema económico-, un concepto central de la explicación sigue siendo un factor de esta índole, i.e., el resentimiento, que, como sabemos, tiene un potencial explicativo demasiado polivalente: desde el fenómeno vernáculo del peronismo hasta la perfidia de los mozos y los encargados de edificio. Por lo demás, la parte sociológica de la explicación se funda -como reconoce el autor- una sociología de sillón, basada sólo en sus intuiciones más o menos ocurrentes.

En segundo término, resulta bastante endeble la distinción de Nozick entre wordsmiths y numbersmiths, en particular en lo relativo a las razones de la ausencia de oposición al capitalismo de estos últimos. Cito el párrafo completo: “Conjeturo que estos niños cuantitativamente brillantes, aunque sacan buenas notas en los exámenes relevantes, no reciben la misma aprobación y atención cara a cara por parte de los maestros que los niños verbalmente brillantes. Son las habilidades verbales las que generan estas recompensas personales del maestro, y aparentemente son estas recompensas las generan el sentimiento de merecimiento (entitlement)”. Dudo de que ésta sea una razón válida, por lo menos en la actualidad; antes bien habría que atender tanto a las diferencias concretas entre las disciplinas que practica cada uno de los grupos –en el primer caso su contenido suele referirse a la sociedad mientras que dicha referencia es otra en el segundo- cuanto al influjo del marxismo en humanidades y ciencias sociales. Por lo demás, cuando en 1966 el gobierno militar irrumpió por la fuerza en la universidad, lo hizo en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, considerada en el momento una de las más radicalizadas, lo cual invita a revisar el rol de la militancia estudiantil con independencia de la rama del conocimiento que se cultive.

En tercer lugar, es obvio que el artículo no pretende discutir la justicia o injusticia de la economía de mercado, bien porque a) dé por sentado que eso no es un problema o b) la considere una cuestión impertinente para responder a la pregunta formulada. En cualquier caso, acotando así el rango de ésta, queda excluida toda posibilidad de que la mentada oposición sea legítima o justificada, sea cual sea la explicación que se proporcione, puesto que, como se ha excluido deliberadamente la cuestión de la justicia de la economía de mercado, resulta imposible de suyo analizar la relación entre las críticas de los intelectuales hacia el capitalismo y esa estructura del mundo exterior a la que éstas se dirigen. Nozick sólo se refiere al contenido de las críticas de manera deliberadamente lateral cuando afirma que los intelectuales continúan “vistiendo” su animosidad con diversas razones públicamente apropiadas, aún cuando dichas razones hayan sido refutadas.

Finalmente, Nozick podría haber analizado la relación escuela/economía de mercado a partir de otros ejes distintos del de la distribución de recompensas -y que podrían revelar similitudes entre ambos ámbitos-, por ejemplo, el rol de la competencia en uno y en otro. Además, al focalizar en las diferencias entre escuela y mercado, se priva de discutir con quienes, desde sus antípodas intelectuales, sostienen la tesis contraria, a saber, la que postula una serie de correspondencias entre aquélla y éste. Así, Louis Althusser ha sostenido que la escuela, junto con otros aparatos ideológicos de Estado, “enseña las “habilidades” bajo formas que aseguran el sometimiento a la ideología dominante o el dominio de su “práctica”.[3] “¿Qué se aprende en la escuela? Es posible llegar hasta un punto más o menos avanzado de los estudios, pero de todas maneras se aprende a leer, escribir y contar, o sea algunas técnicas, y también otras cosas, incluso elementos (…) de “cultura científica” o “literaria” utilizables directamente en los distintos puestos de la producción (una instrucción para los obreros, una para los técnicos, una tercera para los ingenieros, otra para los cuadros superiores, etc.). Se aprenden “habilidades” (savoir-faire) (…) Se aprende también a “hablar bien el idioma”, a “redactar” bien, lo que de hecho significa (para los futuros capitalistas y sus servidores) saber “dar órdenes, es decir (…) “saber dirigirse” a los obreros, etcétera.”[4] De algún modo, Nozick y Althusser caen en dos lugares comunes simétricos. En los ámbitos intelectuales en los que he participado suele predominar el segundo.

En resolución, la respuesta de Nozick debe tomarse como una hipótesis (“explicación potencial”) antes que como una explicación propiamente dicha. Si bien de a momentos casi linda con el lugar común, es formulada de manera rigurosa, con matices pertinentes y, sobre todo, es susceptible de ser verificada mediante estudios empíricos.

P.E.B.


* Agradezco a Alejandro Coto y Matías Butelman por haber discutido el artículo de Nozick con quien escribe; contribuyeron a clarificar ideas y formular objeciones.

[1] Disponible en: http://www.cato.org/pubs/policy_report/cpr-20n1-1.html e incluido en Nozick, Robert, Puzzles Socráticos, Madrid, Cátedra, 1999. Todas las citas sin referencia provienen de este artículo. La traducción de los fragmentos citados es mía.

[2] Nozick, Robert, Anarquía, Estado y Utopía, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, pp. 20-21.  Subrayado en el original

[3] Althusser, Louis, Ideología y aparatos ideológicos de Estado, Buenos Aires, Nueva Visión, 2005, p. 15.  Subrayado en el original.

[4] Ibíd., p. 14


HABLA LA GRIPE

Julio 12, 2009

Hablo, la gripe porcina,

la odiada, la escarnecida, la fatal

micrométrica y rauda, al acecho

febril y errante por la ciudad invernal

persigo, incesante, un humano lecho

donde postrera he de descansar.

La asepsia, mi enemiga enconada,

munición de alcoholes y barbijos

ha de convertirme sin remilgos

en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Me aferro a mi destino redentor:

como mancha de oprobio en los registros.

Buenos Aires, julio de 2009


Snow en Cádiz

Junio 25, 2009

Atento baqueano como he sido de las grandes tendencias intelectuales, me asombro de ver cómo en las antípodas de este rincón austral cunden cuestiones parejas a las que he examinado en artículos anteriores.

La semana pasada en la Universidad de Cádiz se realizaron jornadas para discutir la conferencia de Snow en su 50º aniversario. El vínculo a pie remite al sitio oficial, que contiene algunas referencias bibliográficas interesantes.

http://www.relec.es/dosculturas/

P.E.B.


L’ Alluvion Zoologique- année II, Nº1

Junio 20, 2009

Interpretando (ad nauseam) los orígenes del peronismo

La etiología del peronismo es una vieja tradición intelectual argentina. ¿Qué fue el peronismo? ¿Qué condiciones lo hicieron posible? De alguna manera, la pregunta por su naturaleza se tradujo en la pregunta por sus orígenes: qué sea el peronismo dependerá ante todo de sus condiciones de posibilidad, de la naturaleza del proceso histórico en el que se insertó, de los intereses que representó, etc. A desentrañar ese fenómeno en el cual, con pertinaz insistencia, se quiso ver la clave interpretativa de la realidad nacional abocaron sus esfuerzos varias generaciones de intelectuales. En otras palabras, entender el peronismo, ese fenómeno resbaladizo, inasible y camaleónico se convirtió en una empresa  casi equivalente a la intelección cabal de la Argentina. Empresa que, por lo demás, independientemente de que se comande desde la pretendida asepsia del trabajo académico, rara vez pudo hacerse sine ira et studio, como dicta la divisa clásica. Como afirma Juan Carlos Torre en el prefacio a la nueva edición de La vieja guardia sindical y Perón : “La historia del peronismo ha funcionado como una suerte de test proyectivo, en el que las preocupaciones del presente han guiado la reconstrucción del pasado.”(p.22)

En esta tradición polémica se inscribe el trabajo que aquí me propongo reseñar, filiación que se hace explícita en su subtítulo. La discusión sobre los orígenes del peronismo se instala en el espacio abierto por dos polos interpretativos. Por un lado, la interpretación canónica de Gino Germani, quien, en Política y sociedad en una época de transición (1962), pretendió dar la primera explicación genuinamente sociológica del fenómeno peronista. Por otro, la revisión crítica que de ella hicieron Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero en su ya clásico, Estudios sobre los orígenes del peronismo (1971). Ambos trabajos parten de una premisa sagaz, a saber, que la explicación satisfactoria de una década debe remontarse a la explicación de la década anterior.

En efecto, Germani sitúa el motor causal del peronismo en el proceso de migraciones internas ocurrido durante la década del ’30, el cual habría dado lugar al clivaje entre una vieja y una nueva clase obrera. La primera- descendiente de la inmigración europea, forjada al calor de la militancia, portadora de ideologías de clase, fiel a los principios democráticos- habría jugado el papel opositor ante la amenaza ceñida sobre las libertades por el proyecto político un coronel artero. La segunda- traumáticamente desplazada de sus lugares de origen (atrasados y tradicionales), puesta en “disponibilidad” para cualquier aventura política que se propusiera utilizarlos, portadora de valores políticos arcaicos, con especial predilección por los liderazgos paternalistas y carismáticos, movida por intereses inmediatos; en fin, irracional, pasiva y heterónoma- habría constituido la base social de un experimento de autoritarismo de masas, un verdadero fascismo de la clase trabajadora.  El peronismo queda así definido como la operación de interpelación exitosa por parte de un coronel artero y demagogo hacia una clase obrera manipulable, irracional y pasiva que habría servido como masa de maniobra para un experimento político que mal serviría a la representación de sus intereses objetivos. Se trató, en fin, un error histórico, puesto que la integración de las masas a la vida política argentina debió haberse realizado, según Germani -que funde en un solo movimiento una explicación y una condena-, por la vía de la democracia. Ya Torre ha señalado, en el prefacio a la primera edición, la ironía contenida en el hecho de que también el peronismo y sus defensores atribuyeran a los obreros nuevos el papel protagónico en los orígenes del peronismo, aunque adjudicándole una carga valorativa inversa (“coincidencia en el sujeto, diferencia en su evaluación”), esto es, presentándolos como una fuerza regeneradora y portadora de tradiciones populares aún incontaminadas.

Esta visión que, para bien o para mal, se constituyó en la interpretación canónica de los orígenes del peronismo, fue recusada por Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero, quienes horadan la distinción tajante entre vieja y nueva clase obrera, indagando en las condiciones del proceso de industrialización de la década del ’30, a la que definen como una etapa de “acumulación sin distribución”. Por esta razón, por vivir una común experiencia de explotación en el mundo de la producción, emerge una caracterización de la clase obrera como actor más homogéneo de lo que postulaba la visión clásica. Con el respaldo de un arsenal de datos tabulados, los autores construyen la imagen de unos sindicatos fuertes, consolidados y progresivamente activos en la palestra de las luchas sociales. Así, el peronismo aparece como el resultado de una deliberación racional de una clase obrera autónoma y madura que opone las desventajas del antiguo orden a los beneficios prodigados por el nuevo.  Se trata de una racionalidad económica, íntimamente vinculada al interés de clase, a la cual, en un artículo justamente célebre[1] que acompaña a la presente edición, Torre calificó de estrecha, puesto que, la acción política constituye, en su perspectiva, un fin en sí mismo.

En La vieja guardia sindical y Perón, Juan Carlos Torre se propone zanjar la discusión de marras.  En el prefacio a esta nueva edición, Torre advierte contra “la manía profesional del historiador que reduce al campo de las posibilidades encerradas en el pasado a ese futuro único desde cuyo presente escribe porque sólo éste ha tenido lugar.”(p. 15) En otras palabras, el peronismo no estaba necesariamente contenido en los procesos políticos y sociales previos; la historia no estaba escrita y, en consecuencia, sería un error  escribir una historia del peronismo que fuera una justificación retrospectiva de una especie de fatalidad del destino. Muy por el contrario, fue una concatenación de contingencias la que llevó al poder a un movimiento de masas. De aquí la centralidad casi obsesiva que el autor adjudica a la coyuntura histórica del período 1943-1946 en el estudio de los orígenes del peronismo, construyendo un relato riguroso y puntillista en el que permanentemente se explicitan las percepciones de los actores, sus posibles cursos de acción, los dilemas que enfrentan, en fin, la complejidad de los procesos decisorios que-resulta ocioso aclarar- no siempre producen los efectos perseguidos.

El propósito del libro no es otro que explicar la conjunción inscripta en el título, esto es, reconstruir y analizar la historia de la relación no pocas veces tortuosa entre la dirigencia sindical y el líder de una nueva élite militar, cuyo producto final será la fundación de un movimiento que signaría indeleblemente la vida política de la Argentina. Si Murmis y Portantiero habían rehabilitado a los sindicatos como un actor central en los orígenes del peronismo, Torre se propone tematizar esa relación, que en el análisis de estos autores parecía ser bastante lineal, es decir, de adhesión espontánea a una oferta audaz y clarividente lanzada desde un régimen militar.

El libro se abre con un estudio sobre la década del ’30- condición obligada para entender la siguiente- cuya nota central, según Torre, es su carácter bifronte, signado tanto por una modernización económica (el conocido proceso de industrialización por substitución de importaciones) cuanto por una regresión política (un sistema político restrictivo que no escatimaba el recurso al fraude electoral). En este esquema, los trabajadores gozaban de una posición ambigua: de centralidad en el plano económico y de marginalidad en la política. De ahí que el autor pueda describir este escenario como de “crisis de participación”. Amén de subrayar la centralidad del actor militar en la escena política, Torre presenta, a diferencia de Murmis y Portantiero, un actor sindical débil y fragmentado que, si bien históricamente había optado por la prescindencia política, con la internacionalización de los conflictos nacionales, optó por encolumnarse en la defensa de la democracia y la libertad.

A continuación, Torre reconstruye la relación entre el régimen militar surgido de la revolución de junio de 1943 y los sindicatos. Si en un primer momento, la tendencia general fue a la represión, en un segundo momento, se produce un giro estratégico por parte de la cúpula militar, especialmente por parte del coronel Perón y sus oficiales allegados. No obstante, este cambio, no estuvo dictado por la benevolencia, clarividencia o sagacidad de un Perón que habría sabido entender que la Argentina ya no podía ser gobernada legítimamente sin la participación de las masas. En efecto, si a la represión la sucedió “la Era de la Justicia Social”,  fue porque este giro obedeció al imperativo militar de conjurar la amenaza del comunismo y la agitación social que, en la percepción de los militares, se cerniría sobre la Argentina una vez terminada la guerra. La dirigencia sindical se enfrentaba, así, ante una constatación vergonzosa que la situaba en un dilema: aceptar los beneficios ofrecidos desde un gobierno no democrático o condenarse a perpetuar la situación previa de semilegalidad y exclusión.

La vieja guardia sindical se moverá desde entonces en el delicado sendero limitado por la autonomía y la dependencia, optando por la vía media de representada por el oportunismo. No hubo, pues, como querían Murmis y Portantiero, una reacción inmediatamente favorable de los sindicatos a la apertura social comandada por Perón. Uno de los puntos nodales de la argumentación de Torre consiste en señalar que, en el primer proyecto político esbozado por Perón, los trabajadores ocupaban un lugar complementario en la construcción de un Estado genuinamente “nacional”, al que se pretendía situar por sobre de los sectores sociales. Fue la negativa de la patronal y de buena parte de las fuerzas políticas tradicionales a formar parte de este proyecto lo que llevó a Perón a buscar apoyos masivos en el sindicalismo.  En su formulación inicial, el proyecto de Perón será un proyecto fracasado.

De ahí en más, la coyuntura histórica se acelera y asistimos al relato minucioso de los acontecimientos que condujeron al 17 de octubre, momento en el que quedó sellada inequívocamente la relación de Perón con la vieja guardia sindical. A la semana, se fundaría el Partido Laborista, con vistas a las elecciones programadas para febrero del ‘46. La “arrogancia suicida” de la oposición- confiada en su victoria segura-,  el apoyo de la patronal a la Unión Democrática, su énfasis en la democracia formal frente a la “democracia real” y la inoportuna intervención del embajador norteamericano Braden llevarán al laborismo al triunfo en los comicios, aunque por un estrecho margen, que Torre aprovecha para recordar la cuota de contingencia que hubo en un puñado de acontecimientos que determinarían toda la curva ulterior de la historia política argentina.

Los últimos dos capítulos glosan la historia de la lucha del poder dentro del laborismo entre los sindicalistas, los radicales y propio Perón. La disolución del laborismo por parte de éste puso fin a toda tentativa de proyecto político autónomo a largo plazo por parte de la vieja guardia sindical. Finalmente, la expulsión de los laboristas de la CGT, que culminó con la renuncia forzada de Luis Gay, dejó en claro que, en el orden que ahora se iniciaba, el destino de los sindicatos era el de la subordinación.

Oportunismo, veleidad independentista y cooptación son los tres momentos que jalonan el derrotero, pleno de vicisitudes, del proyecto político -que se revelaría fallido- de un partido sindical independiente. Sin embargo, la historia no termina aquí, puesto que, como aclara el autor en el epílogo de la obra, en el régimen peronista quedará signado estructuralmente por su componente obrerista, que impondrá límites a sus políticas y acentuará la conflictividad clasista que en un principio Perón se había propuesto cancelar.  En efecto- y esta es la fórmula más acabada que expresa su tesis- Torre caracteriza al peronismo como un régimen definido por el “sobredimensionamiento del lugar político de los trabajadores organizados”. (p.12) En consecuencia, la ecuación peronista queda definida por  un interés de clase relativamente autónomo -como habían señalado Murmis y Portantiero-  y por una lógica de representación política heterónoma- que Germani había postulado, pero que Torre demuestra en un arco de análisis impecable.

El análisis de la coyuntura  constituye una verdadera apuesta metodológica, en cuanto se aparta de la tradición estructuralista de sus predecesores. Para la reconstrucción de los hechos, Torre abreva, sobre todo, en memorias de los protagonistas, en entrevistas recogidas en el Archivo de Historia Oral del Instituto Di Tella, etc.  Sus tesis más generales sobre la evolución histórica de los sindicatos, están extraídas, en general, de trabajos previos más específicos a los que remite al lector. Esta explicación de la coyuntura fundada en datos eminentemente cualitativos (Torre no incluye una sola tabla en todo el libro), si bien propina una lectura amena, acaso moleste al lector que crea que la cuantificación y las explicaciones estructurales son condición sine qua non de una explicación rigurosa.  Se correría, así,  el riesgo de caer en el error simétrico de hacer una historia muy “a ras del suelo”, fatalmente ligada a las percepciones de los actores, con escaso nivel de conceptualización.  Para quien crea que este sea el caso, esta edición adjunta como apéndice el  artículo arriba citado, que recoge el análisis propiamente sociológico del tema.  Por lo demás, su prosa certera -aunque a veces algo iterativa-, su precisión analítica y su carácter ampliamente documentado son las marcas distintivas que invitan a la lectura de este clásico.

P.E.B.

Bibliografía:

GERMANI, Gino, Política y sociedad en una época de transición, Buenos Aires, Paidós, 1962

MURMIS, M. y PORTANTIERO, J.C., Estudios sobre los orígenes del peronismo, Buenos Aires, Siglo XXI, 1971

TORRE, Juan Carlos, La vieja guardia sindical y Perón, Buenos Aires, Eduntref, 2006 (Primera edición: Sudamericana-ITDT, 1990)

TORRE, Juan Carlos, “Interpretando (una vez más) los orígenes del peronismo” En: Desarrollo Económico, v.28, Nº112 (enero-marzo 1989)


[1] Torre, Juan Carlos: “Interpretando (una vez más) los orígenes del peronismo”  En: Desarrollo Económico, v.28, Nº112 (enero-marzo 1989), incluido como apéndice en la presente edición.


LAS DOS CULTURAS: UNA ENÉSIMA MIRADA

Mayo 6, 2009

“Sólo mediante una estricta especialización puede tener el trabajador científico ese sentimiento de plenitud (…) En nuestro tiempo la obra realmente importante y definitiva es siempre obra de especialistas. Quien no es capaz de ponerse, por decirlo así, unas anteojeras y persuadirse a sí mismo de que la salvación de su alma depende de que pueda comprobar esta conjetura y no alguna otra, en este preciso pasaje de  este manuscrito, está poco hecho para la ciencia.” Max Weber, La ciencia como vocación [Wissenschaft als Beruf], 1919

La cita con que se abre este trabajo es pertinente, tanto por su carácter clarividente respecto del tema que en él se desarrolla, cuanto por su utilidad para un contrapunto con la obra que me propongo reseñar.pcsnow3

No deja de ser notable que Weber ya en 1919 señalara la especialización como la nota fundamental de la ciencia contemporánea y la caracterizara como una fatalidad, casi como un hecho duro de la naturaleza. Si hemos de hacer caso al sentimiento de “plenitud” que experimenta el especialista por sentirse parte de una empresa común, cuya siempre inacabada completitud contribuye a forjar, no menos hemos de reparar en el sobretono esencialmente trágico que inspira el pasaje, puesto que la mentada plenitud del especialista encierra la nostalgia de la plenitud de la polimatía perdida para siempre en razón de la especialización que se sigue rigurosamente del proceso de racionalización en todas las esferas de la actividad humana, que Weber denunciaba como la nota distintiva de la modernidad, al que la ciencia -que el autor aún entiende en sentido lato, incluyendo, como parece inferirse del pasaje, a las humanidades- no escapa.

Es ese mismo desgarramiento el que inspira otra conferencia memorable, cuyos puntos de tangencia con la que pronunciara Weber son plurales y que sirve como antecedente liminar (aunque poco conocido en estas pampas) de la discusión de marras entre científicos y cultores de las “humanidades”. En 1959 el  científico, escritor y conferencista británico C.P. Snow pronunciaba la conferencia Rede en la Universidad de Cambridge intitulada The Two Cultures and the Scientific Revolution, en la cual pretendía diagnosticar lo que juzgaba un problema acuciante de la cultura contemporánea: que no hay una cultura sino dos, la conformada por los científicos -término entendido ya en un sentido restringido, puesto que “los físicos son los más representativos”- y por lo que Snow llama “intelectuales literarios”.

“Creo que la vida intelectual de la sociedad occidental, en su conjunto, se está viendo cada vez más escindida en dos grupos polarmente opuestos. (…) Dos grupos polarmente antitéticos: en un polo tenemos los intelectuales literarios, que sin saber por qué ni cuando han dado en referirse a sí mismos como “intelectuales” como si no hubiera otros.”[1]

Para el autor, el problema-que cree poder señalar en virtud de su doble pertenencia- reside en la incomunicación que signa la relación entre estos dos grupos, separados por un “abismo de incomprensión mutua” que ninguna de las partes pretende salvar, puesto que “cada grupo tiene una curiosa imagen distorsionada del otro”. El resultado de tal polarización no representa sino “una mengua indiscutible para todos nosotros.”[2]En efecto, si los no científicos imputan a éstos un optimismo superficial y una ignorancia cabal del carácter trágico de la condición humana, los científicos atribuyen a los intelectuales literarios una cierta indiferencia antes sus semejantes.

Que esto a primera vista no parece más que una burda simplificación- ¿por qué no tres?[3] ¿por qué no 2002?- lo reconoce el autor:

“El 2 es un número muy peligroso: por eso la dialéctica es un proceso tan arriesgado. Todo intento de dividir cualquier cosa en dos debe mirarse siempre con mucho recelo”[4]

En efecto,  para Snow los grupos reconocen considerables diferencias internas pero, vistos desde afuera, resulta lícito trazar estas dos tipificaciones que responden al clivaje fundamental que el autor detecta en el seno de la cultura occidental, y que acusa una mayor urgencia en Inglaterra. La discusión de la pertinencia del término “culturas” constituye un capítulo aparte, a cuya discusión Snow dedicará parte de la conferencia “A second look”, pronunciada en 1963 como réplica mediata al aluvión de críticas que recibió la primera.

Más allá de la simetría en los defectos, para el autor, el fiel de la balanza de sus simpatías se inclina con toda claridad hacia el lado de los científicos, en virtud de la sencilla razón de que el futuro está de su lado. Tienen-para decirlo con Snow- “el futuro en sus huesos”, mientras que los intelectuales literarios desean que ese futuro no exista: suelen profesar opiniones adversas al progreso y aun completamente perniciosas desde el punto de vista moral, lo cual lo habilita a hacer afirmaciones temerarias como: “¿No contribuyó la influencia de lo que ellos representan a que Auschwitz fuese algo mucho más inminente?” [5]

La razón es una diferencia en el plano de las orientaciones políticas: los científicos suelen ubicarse “en la izquierda” -aunque reconoce excepciones, v.gr. los ingenieros- y suelen provenir de familias pobres mientras que los intelectuales literarios pertenecen a lo que Snow denomina la “cultura tradicional”, la cual domina en las altas esferas de la política y bajo cuyo control se orienta buena parte del sistema educativo inglés; “maneja el mundo occidental”, pero se halla, no obstante, en franca declinación.

Por supuesto, Snow elige cuidadosamente un elenco de intelectuales literarios francamente antipáticos en sus opiniones sociales, representantes sobre todo del “modernismo” (Yeats, T.S.Elliot, Ezra Pound) y lo contrapone con esclarecidos campeones del progresismo científico. Pero, como es obvio para el lector atento, a cada ejemplo de Snow se le puede oponer un contraejemplo. ¿Se olvidó acaso de las filas de científicos que abonaron el programa del nazismo? ¿No es Auschwitz-para repetir un lugar común bastante sedimentado- una de las culminaciones perversas de la técnica moderna tan elogiada por Snow?

Amén de la superioridad intelectual de sus teorías, la ciencia, según Snow, exhibe una suerte de cualidad moral inmanente (“en el carácter mismo de la ciencia entra un componente moral”[6]), ausente en los intelectuales literarios, que radica en una mayor empatía de sus practicantes hacia la humanidad. Afirmación ésta que resulta por lo menos chocante luego de corrientes epistemológicas no siempre exentas de ideología, que recusan la neutralidad (¡y no la bondad moral!) de la ciencia.

Por lo demás, y puesto, que la ciencia lleva el signo del futuro, no es excesivo calificar la postura de Snow de futurismo moral. Hay una realidad innegable que el autor denomina “revolución científica”. Los sedicentes intelectuales no la entienden, porque ni siquiera entendieron la revolución industrial, la cual, conjuntamente con la agrícola, constituye uno de “los únicos cambios cualitativos en la vida social que jamás han conocido los hombres”[7]. Y no la entendieron porque son ludditas[8] naturales, refractarios a todo progreso moral y material de la humanidad.

De la descripción de este estado de cosas, de la tipificación de estos dos modelos culturales coexistentes en tácito conflicto, se desprenden consecuencias de orden práctico y urgente aplicación. La revolución científica no sólo debe consumarse en Inglaterra para no ir a la zaga de Rusia y Estados Unidos sino que, para un Snow imbuido en una matriz ideológica muy afín a la “teoría del despegue” muy en boga en ese entonces, puede y debe exportarse para aliviar la miseria en la que aún se encuentra sumida una enorme porción de la humanidad. La industrialización es la única esperanza de los pobres, cuya vida, sigue siendo- como afirma Snow repitiendo, sin citar, las memorables palabras de Hobbes- “detestable, brutal y breve”. Para aplicar este programa, hay que solucionar el corolario de la división que acusa la cultura occidental, vale decir, los problemas de coordinación -de “acción colectiva” como se diría en la inelegante jerga politológica-  que surgen de una élite en la que los agentes decisorios (educados en la cultura literaria y, con frecuencia, analfabetos científicos) están divorciados de quienes tienen el conocimiento necesario para diseñar lo que hoy se llamaría “políticas públicas”. La solución propuesta por Snow consiste en una reforma integral del sistema educativo, sobre la cual, por cierto, no ofrece mayores precisiones. Si no generará hombres del Renacimiento, por cierto podrá ayudar a superar la crisis que diagnostica.

En suma, la tarea que impone la coyuntura en forma compulsiva es hacer surgir un nuevo orden cuyo signo será el de la técnica aplicada a la resolución de los problemas humanos. No obstante -y es importante subrayarlo- Snow no pregona la tecnocracia (el término no se menciona en el texto de la conferencia); en todo caso, se mantiene limítrofe con ella.

Sin duda, las ideas de Snow pueden tener cierto sabor lejano y anacrónico, no sólo porque la historia da razones para dudar de la inmediatez de un cambio que el autor juzgaba inevitable, sino también porque en buena medida se ha invertido la relación de fuerzas entre las “dos culturas”; en efecto, el discurso científico-tecnológico ha prendido entre las elites mientras que las actitudes adversas son más bien expresión modas intelectuales, a veces rubricadas con algún arraigo en ciertos círculos académicos, pero no demasiado extendidas fuera de ellos. Si algunos intelectuales siguen siendo ludditas naturales, lo son ya no sólo desde la “cultura tradicional” sino también desde cierta “izquierda” que se ha sumado a un proceso más amplio de impugnación de la modernidad en vivo contraste con el progresismo que alguna vez la caracterizara.

Más allá de estas cuestiones prácticas, la pregunta que guía la conferencia sigue en pie, puesto que la duplicidad o multiplicidad cultural atenta nada menos que contra el monismo, supuesto raigal sobre el que se recostó buena parte de la cultura occidental. Por ello, la pregunta por el monismo, esto es, por la unidad de la ciencia, desliza el lamento de Snow -por una coyuntura que él consideraba grave pero reversible si se actuaba a tiempo- a un registro más cercano al interrogante que inspira las líneas de Weber con las que abrí este informe ciertamente sumario.

P.E.B.

Bibliografía:

SNOW, C.P. Las dos culturas y un segundo enfoque, Madrid, Alianza, 1977


[1] Snow, C.P. Las dos culturas y un segundo enfoque, Madrid, Alianza, 1977, pp. 13-14

[2] Ibíd, p. 21

[3] Snow no incluye, notablemente, a las ciencias sociales en ninguno de los dos grupos, aunque remedia la omisión en “A second look” (1963), arriesgando que ese vasto conjunto en el que incluye disciplinas como la historia social, la sociología, la demografía, la medicina y las ciencias económicas, se está convirtiendo “en algo así como una tercera cultura.”

[4] Ibíd., p. 19

[5] Ibíd., pp.17-18

[6] Ibíd., p.24

[7] Ibíd., p. 33

[8] Expresión que evoca el movimiento inicial de reacción obrera ante la Revolución Industrial: los obreros rompían máquinas.


UNA REFUTACIÓN DE LA DIALÉCTICA

Marzo 2, 2009

Hegel, el más conspicuo de los impostores intelectuales, además de tantos volúmenes abstrusos, nos legó la dialéctica, la herramienta explicativa preferida de la hueste seudointelectual. Como dividendo filosófico del marxismo, la dialéctica merece una crítica concienzuda. La encontré en un librito de Mario Bunge (El sistema filosófico materialista), uno de cuyos capítulos está dedicado a criticar la ontología dialéctica. En este artículo me limito a seguir este análisis.

Para el autor, aunque esta doctrina tiene un “núcleo plausible”-las tesis de que i) toda cosa está en algún proceso de cambio y ii) en ciertas etapas de todo proceso emergen nuevas cualidades- está rodeada de una “niebla mística” que consiste en tesis y expresiones vagas y ambiguas como “negación dialéctica” y “oposición dialéctica”.

Bunge extrae de un repertorio de autores (Hegel, Engels, Lenin, etc.) cinco axiomas o “leyes” de la dialéctica:

D1 Todo tiene un opuesto.

D2 Todo objeto es intrínsecamente contradictorio, o sea, está constituido por componentes y aspectos opuestos entre sí.

D3 Todo cambio es resultado de la tensión o lucha de opuestos, sea dentro del sistema en cuestión, sea entre diferentes sistemas.

D4 El desarrollo es una hélice cada uno de cuyos niveles contiene, y al mismo tiempo niega, el escalón anterior.

D5 Todo cambio cuantitativo termina en algún cambio cualitativo, y toda cualidad nueva tiene su propio modo de cambio cuantitativo.

Para el autor, la tesis D1 “es ambigua tanto por la ambigüedad de “objeto” como por la de “anti”” y, por tanto, se puede entender, al menos, de dos maneras diferentes:

D1a Dada una cosa (objeto concreto) cualquiera existe una anticosa.

D1b Para cada propiedad de objetos concretos existe una antipropiedad.

Con respecto a la tesis D1a, aún ambigua, el autor propone cuatro interpretaciones del término “anticosa” u “opuesto dialéctico” de una cosa:

(I) La anticosa de una cosa dada es la ausencia de ésta (v.gr. la “antiluz” es la oscuridad)”. Pero “la ausencia de una cosa no puede oponerse a ésta, menos aún combinarse con ella para formar una tercera entidad”.[1]

(II) La anticosa de una cosa dada es el ambiente de ésta, o sea, su complemento en la totalidad de las cosas (el resto del universo).” Según el autor, “esta definición es defectuosa, porque no tiene por qué haber oposición o lucha entre cosas complementarias (v.gr. el sistema solar y el resto del universo)”.[2]

(III) Una anticosa de una cosa dada es una cosa que, combinada con ésta, la destruye en algún respecto y en alguna medida, como cuando el agua extingue el fuego o un veneno mata una planta.” Para Bunge, aunque más acertada, esta definición adolece de otros inconvenientes. En efecto, “si se adopta esta definición no se puede garantizar la existencia de una anticosa de cualquier cosa dada. Y, en los casos en que hay anticosas, éstas pueden no ser únicas: hay muchos extinguidotes de fuego además del agua, y por cada tipo de maleza hay diversas clases de mata malezas (!). Por consiguiente también esta definición es inadecuada.”[3]

(IV) Una anticosa de una cosa dada es un ente tal que, cuando se lo combina con ella, produce una tercera cosa que, de alguna manera, las contiene y supera a ambas.” Definición que nuevamente resulta inadecuada porque, por ejemplo, en el caso de una partícula y una antipartícula, éstas “pueden fundirse produciendo un fotón, que no contiene ni supera a las cosas originales, sino que es una cosa de una especie totalmente diferente”.

Concluye Bunge que, como las cuatro definiciones de “anticosa” resultan inadecuadas, o D1a no tiene sentido, o bien se necesita una quinta definición. No obstante, puede interpretarse, con Aristóteles, que “la oposición dialéctica concierne a rasgos o propiedades (actuales o potenciales) antes que a las cosas”, lo cual nos remite a la tesis D1b: “a toda propiedad le corresponde una antipropiedad”, también pasible de cuatro interpretaciones.

I) La antipropiedad de una propiedad dada es la ausencia de esta última, como en el caso de bueno y no-bueno (que es malo o neutro).” Así, “si un predicado P representa una propiedad positiva dada, tal como estar mojado (…) entonces su negación no-P representaría la antipropiedad correspondiente. Sin embargo, una propiedad y la ausencia de la misma no pueden combinarse para producir un tercer rasgo (….), la síntesis de ambas, y ello por la sencilla razón que la ausencia de una característica dada no es una propiedad poseída efectivamente por una cosa. El negar P (…) es una operación estrictamente conceptual carente de contraparte óntica. Y el juntar P con no-P produce la propiedad contradictoria o nula, o sea, la que ningún objeto (sea conceptual, sea concreto) posee. Por consiguiente debemos rechazar la identificación propuesta de anti-P con no-P.”[4]

II) La antipropiedad de una propiedad dada es el complemento de la propiedad en el conjunto de todas las propiedades.” Afirma Bunge que esta definición es defectuosa porque “una propiedad individual no está en un pie de igualdad con un conjunto de propiedades y por tanto no puede oponérsele y menos aún fundirse con él para producir una tercera propiedad que sea la síntesis de las dos.”[5]

III) Una antipropiedad de una propiedad dada es una propiedad que puede contrarrestar, equilibrar o neutralizar a la segunda, como cuando el empujar y jalar una cosa se compensan dando como resultado que el cuerpo sometido a dichas fuerzas opuestas queda en reposo.” Para el autor, esta interpretación tiene sentido y “se puede encontrar ejemplos de antipropiedades de esta clase”[6]. Sin embargo, el defecto consiste en que éstas no son ni universales ni únicas: “no es verdad que toda propiedad tenga una antipropiedad y, cuando una propiedad tiene opuesto, éste puede no ser único. Por ejemplo, la propiedad de tener masa no tiene opuesto (…), porque no existe la antimasa o masa negativa (…). En definitiva, tampoco esta interpretación satisface las necesidades de la ontología dialéctica. Pero por lo menos es significativa.”[7]

IV) “Una antipropiedad de una propiedad es un rasgo tal que, cuando se une a la propiedad en cuestión, da lugar a una tercera propiedad que las subsume a ambas y no es nula.” “La combinación de un ácido con una base que da como resultado una sal, parecería ejemplificar este sentido de la oposición de propiedades. Pero también puede considerarse como una combinación de cosas opuestas. Además, si bien hay ejemplos, también hay contraejemplos. Por ejemplo, la mera acreción de partículas similares (sin oposición alguna) da lugar a cuerpos (por ejemplo planetas) (…) En resumen, la cuarta interpretación de “antipropiedad, aunque significativa, no justifica el prefijo “anti” y no da lugar a una ley universal.”[8]

Concluye Bunge que “de las cuatro interpretación plausibles del término “antipropiedad” que hemos considerado, dos-o sea (III) y (IV)- tienen sentido, pero ninguna de ellas permite afirmar la “ley” D1b en toda su generalidad. Sólo nos permiten afirmar una ley más débil, a saber:

D1c A algunas propiedades les corresponden otras (llamadas sus “antipropiedades”) que las contrarrestan o neutralizan.

Dicho en términos más sencillos: algunas cosas se oponen a otras en ciertos respectos. Pero ésta es una trivialidad que no debiera satisfacer a ningún dialéctico.”[9]

Sin embargo, Bunge señala otra dificultad. “Para una ontología materialista, las cosas sólo tienen propiedades positivas: aún cuando hay predicados negativos; éstos no pueden representar propiedades de objetos concretos.(…) Si un predicado P representa cierta propiedad, entonces su negación no-P no representa una antipropiedad, sino tan sólo la ausencia de la propiedad representada por P. (…) La negación es una operación conceptual carente de contrapartida óntica: se refiere a proposiciones y sus negaciones, no a la lucha de entre opuestos ónticos.”[10]

Con respecto a la tesis D2, que reza que toda cosa es una unidad de opuestos, Bunge afirma que ésta carece de sentido a menos que se dilucide el término “opuesto”. La tesis D2 “es significativa a condición de que la oposición, o contradicción óntica, se interprete como una relación entre propiedades, a saber, la de contrarrestar o neutralizar”.[11]

Así, puede formularse la siguiente definición: “La propiedad (o relación) P1 se opone a la propiedad (o relación) P2 si, y sólo sí, P1 tiende a contrarrestar (neutralizar, equilibrar o atenuar) P2 y recíprocamente.”[12]

“Si la oposición se interpreta de esta manera, entonces se puede afirmar que hay sistemas roídos por contradicciones ónticas internas.”[13](En un país superpoblado, el aumento de población y el bienestar se oponen mutuamente) “Pero esto está lejos de implicar que todos los sistemas sean contradictorios”.[14] Por lo demás, si se afirma que toda cosa está compuesta de partes mutuamente opuestas, cada parte estaría a su vez compuesta de la misma manera, lo cual no es sino un regressus ad infinitum.

Por tanto, resulta la tesis débil y no universal

D2a Algunos sistemas tienen componentes que se oponen entre sí en algunos respectos.

Por otra parte, Bunge interpreta que reducir todos los sistemas a sistemas polares (esto es, constituidos de partes que pueden estar en uno de dos estados) constituye una brutal simplificación de la realidad y una “manera primitiva de pensar” (sic), típica del “conocimiento incipiente” y no de la ciencia. “La polaridad es un rasgo de nuestro pensamiento acerca de la realidad antes que una propiedad del mundo”.[15]

Con respecto a la tesis D3, si bien es cierto que algunos cambios surgen de conflictos o tensiones (tales como la competencia entre especies o la guerra), no es cierto que se trate de una ley universal (Bunge da como ejemplos la propagación (no conflictiva) de una onda en el vacío y la formación de una molécula de hidrógeno, producto de la cooperación entre dos átomos.) Privada de toda universalidad, sólo resta la tesis débil

D3a Algunos cambios resultan de la oposición (en algunos respectos) de cosas diferentes o de componentes diferentes de una misma cosa.

Lo cual, para el autor, es una trivialidad superada por cualquier teoría de la competencia (v.gr. la teoría de los juegos). La tesis D3 es producto de la falacia de la afirmación del consecuente. De un conjunto de enunciados observacionales que muestran que a la oposición le sigue el cambio se deduce la validez de la recíproca: todo cambio es producto de una oposición: observo el resultado e infiero la causa (que no es sólo una de las posibles). Finalmente, se buscan “casos confirmatorios” de la tesis, excluyendo cualquier contraejemplo que la desbarate.

En cuanto a la tesis D4 sobre el desarrollo como estructura “helicoidal”, el autor afirma que es obscura debido a la vaguedad y “nebulosidad” de la expresión “negación dialéctica” (Aufhebung, “supresión”), distinta de la negación como operación lógica. Por ejemplo, se dice que una planta es “negada” por sus semillas, que al germinar y desarrollarse en nuevas plantas se “niegan” a sí mismas. Pero a Bunge no le interesa esclarecer conceptos nebulosos sostenidos por otros: “Mientras esperamos que los dialécticos aclaren el concepto de Aufhebung y nos lo traduzcan al castellano, debiéramos eludir estas agua estancadas y proceder a formular teorías claras, coherentes y generales de procesos de desarrollo y evolutivos.”[16]

Finalmente, con respecto a la tesis D5 sobre cantidad y cualidad, la oposición entre ambos términos es falsa si se define cantidad -como la numerosidad de un conjunto o el valor numérico de una propiedad- y si se define cualidad sencillamente como una propiedad. Así, para dar un ejemplo pedestre, una propiedad (cualidad) como la temperatura, puede adoptar distintos valores numéricos (cantidad).

Sin embargo, este no es el sentido que mienta la oposición cantidad/cualidad en la tesis D5; más bien parece referirse al hecho de que “en todo proceso, sobreviene una etapa en la que emerge alguna propiedad nueva, la que a su vez tiene su propio modo de variación”.[17] (v.gr. la urbanización produce ciudades y no grandes aldeas). Esto es plausible y ha sido desarrollado por la teoría de la emergencia, muy cara a la biología, cuya hipótesis central es que todo sistema posee por lo menos una propiedad emergente (lo cual prueba la falsedad de los reduccionismos económico, biológico, fisicalista, etc.) Así, si bien los componentes de las células no son vivos, la vida es una propiedad emergente de la célula.

Por último, Bunge dedica un apartado a refutar el aserto de que “la lógica es un caso especial de la dialéctica”, basada la confusión hegeliana entre lógica y ontología (la primera se refiere a proposiciones, la segunda a objetos materiales, al mundo real; cualquier teoría substantiva coherente sobre la realidad presupone la lógica-que es a priori- antes que reducirse a ésta. Hay que explicitarlo: la lógica (dialéctica o no), puesto que no se refiere a la realidad, no es capaz de explicar ningún cambio en objetos materiales.)

En resolución, la dialéctica ha quedado reducida a un puñado de tesis débiles (D1c, D2a, D3a), no generalizables, perogrullescas y todavía imprecisas. En ningún caso llegan a calificar como base suficiente para una teoría general del cambio. Las tesis que se mantienen (que toda cosa concreta es cambiable y que a lo largo de todo proceso emergen propiedades nuevas) “son comunes a todas las ontologías procesuales y pueden formularse de manera exacta, constituyendo un sistema hipotético-deductivo que armoniza con la ciencia. Dicha ontología es dinamicista pero no dialéctica.”[18]

P.E.B.

Bibliografía:

BUNGE, Mario: El sistema filosófico materialista, Buenos Aires, H. Garetto Editor, 2007

La edición original es: BUNGE, Mario: Scientific Materialism, Reidel, Dordrecht-Boston-Londres, 1981

La reciente traducción al castellano adolece de abundantes errores de mecanografía y errores de notación; sería recomendable que el editor los corrigiera en una futura reedición.


[1]BUNGE, Mario: El sistema filosófico materialista, Buenos Aires, H. Garetto Editor, 2007, p. 49

[2]Ibídem, p. 49

[3] Ibídem, p. 50

[4]Ibídem, p. 51

[5] Ibídem, p. 51

[6] Ibídem, p. 51

[7] Ibídem, pp. 51-52

[8] Ibídem, p. 52

[9] Ibídem, p. 52

[10] Ibídem, p. 53

[11] Ibídem, p. 54

[12] Ibídem, p. 54

[13] Ibídem, p. 54

[14] Ibídem, p. 54

[15] Ibídem, p. 56

[16] Ibídem, p. 58

[17] Ibídem, p. 59

[18] Ibídem, p. 65


Roma, Florencia y Venecia, según Georg Simmel

Febrero 5, 2009

Abomino del género bastardo de los diarios de viaje, sumisos sirvientes manuscritos de la vanidad. Terminado mi periplo de analfabeto artístico,  abdico de toda pretensión romántica de originalidad y arriendo la voz de Georg Simmel (1858-1918) para referir impresiones sobre estas tres ciudades italianas.

Con una prosa latosa e iterativa, Simmel nos ministra en tres ensayos contemplativos su apreciación sobre las urbes de marras desde la perspectiva de la estética. A pesar de la brevedad de los opúsculos, Simmel nunca va al grano; por ello me vi compelido a mutilar amablemente los textos para ofrecer lo estrictamente sustantivo.

El ensayo sobre Roma (publicado en Die Seit en 1898) se abre con una especie de teoría relacional del arte, según la cual los elementos aislados no proporcionan un goce estético si no se encuentran en conjunción, formando parte de una totalidad portadora de unidad de sentido.

Roma, Enero de 2009

Roma, Enero de 2009

Ahora bien, en Roma esta totalidad no es producto de una operación premeditada sino de un prodigioso azar que conjugó armónicamente elementos dispares de épocas diversas:

En la configuración de la urbe romana esta azarosa conjunción de las estructuras creadas con fines humanos que da lugar a una belleza nueva y no premeditada parece llegar a su atractivo máximo. Un sinfín de generaciones las ha creado y construido, bien al mismo tiempo, bien unas tras otras, todas ellas sin preocuparse, a menudo sin entender lo que tenían delante, entregadas exclusivamente a las necesidades del día y los gustos y caprichos de la época; sólo el azar decidía qué formas surgirían finalmente de lo anterior y lo posterior de lo que se descomponía y de lo que se conservaba(…)” [1]

La belleza de Roma se instala, pues, en la posibilidad de “la construcción de una unidad vital independiente a partir de elementos prodigiosamente diferentes que consiguen, gracias a la amplitud de su tensión, conferir a la fuerza de aquella unidad un significado sin igual.”[2]

Continúa con una reflexión sobre Goethe. Para Simmel, cada frase de Goethe adquiere una suerte de valor agregado solamente en virtud de su autoría privilegiada. Lo cual no hace sino alimentar el prejuicio de los lectores vírgenes que se acercan a Goethe creyendo que van a encontrar la gran cosa, cuando su único mérito es el de haber sido un buen redactor de culebrones. En un par de años le daré otra oportunidad con el Fausto.

“La importancia que tiene para nosotros Goethe adquiere su inmensurable valor por el hecho de que cada manifestación suya esconde para nosotros al Goethe entero. No disfrutamos con sus palabras sólo por su contenido inmediato, no limitamos su significado al sentido que tendrían como frase anónima: más bien las enriquecemos con todo lo que aporta y evoca la asociación de que esas palabras son precisamente de Goethe (…) De ese modo, cosas que en otro lugar no tendrían ninguna importancia adquieren como parte de Roma un significado que va más allá de su significado inmediato, aquel que les es “propio de por sí”. Gracias a la unidad que forja Roma con todos sus contenidos, esa unidad se hace solidaria con cada uno de los elementos: detrás de cada uno está Roma entera y ésta confiere a nuestro ojos una riqueza de asociaciones que abarca mucho más de lo que ofrece su contemplación (…) Y como las cosas son lo que para nosotros significan, realmente son más en Roma que en cualquier otro lugar y de lo que serían sin el enriquecimiento mutuo al que da lugar el hecho de que Roma las abarca como unidad.” [3]

Y baste con esto para las consideraciones simmelianas sobre Roma. En cuanto respecta a Florencia (el artículo data de 1096) , se trata de la ciudad preferida de Simmel; y también es la mía. Comienza el ensayo con el aserto de que, con el advenimiento de la modernidad, el mundo perdió la unidad entre naturaleza y espíritu, palabras en las que, a pesar de su pomposidad, resuena el eco weberiano del “desencantamiento del mundo”. Ahora bien, en Florencia, esta unidad perdida se restituye en un todo armonioso y nítido, generando una obra de arte total.

“Uno entiende por qué aquí surgió el Renacimiento, tiene la primera sensación de que toda la belleza, todo el significado al que aspira el arte es un ente surgido de la apariencia natural de las cosas y que los artistas del Renacimiento, incluso los de la mayor estilización, tenían razón al pensar que sólo copiaban la naturaleza.”[4]

Florencia, Enero de 2009

Florencia, Enero de 2009

“Gracias a esta pérdida de tensión entre naturaleza y espíritu se genera el ambiente estético, la sensación de encontrarse frente a una obra de arte. (…) Posiblemente no haya otra ciudad cuya impresión global, en la que se conjugan la imagen real y los recuerdos, la naturaleza y la cultura, provoque en el espectador una impresión tan intensa de obra de arte.”[5]

Finalmente, pareciera que Florencia es lo contrario al espíritu romántico en su vertiente germana: no es apta para sus pelajes hirsutos. En cambio, se adapta muy bien a temperamento moderado, “apolíneo” de un gentleman.

“La tierra de Florencia no es apropiada para que uno se tienda en ella con objeto de sentir el oscuro calor del corazón de la existencia y la fuerza de su latir indomado(…) Por eso Florencia no es la tierra apropiada para nosotros en los momentos en que uno quiere empezar de nuevo, volver a enfrentarse a las fuentes de la vida(…) Florencia es la suerte de las personas maduras, que han conquistado lo esencial de la vida o que han renunciado a ello y que, para alcanzar esa posesión o renuncia, ya sólo buscan su forma.”[6]

Por último, el examen de Venecia (1907), por lejos el más interesante, se vertebra a partir de los conceptos de verdad y mentira en el arte.

Hay una pretensión de verdad que afecta al arte, más allá de cualquier ley naturalista externa a él (…) Pero no siempre ocurre de manera que la obra consiga ser la manifestación fiel y apropiada de aquella realidad más profunda y general, por mucho que logre convencernos de que contiene todo eso (…) Puede que las piezas sean perfectas y armónicas entre sí, pero el todo brota de una raíz que no es la suya y cuanto más perfectamente encajen, tanto más radical es la mentira(… )[7]

Venecia, a diferencia de Florencia, es una ciudad mendaz y artificiosa. Su arquitectura está diseñada para ocultar, enmascarar, en alusión  desprovista de inocencia a las consabidas máscaras indígenas.

“Los palacios venecianos (…) constituyen un juego preciosista cuya misma similitud enmascara los caracteres individuales de sus habitantes, como un velo cuyos pliegues obedecen sólo las leyes de su propia belleza y que sólo manifiestan que hay vida detrás por el hecho de ocultarla.”[8]

Venecia, Enero de 2009

Venecia, Enero de 2009

Venecia, con sus innúmeros puentes y puertas, oculta la vida cotidiana de sus habitantes, vida disminuida y umbría, vaciada de toda vitalidad: es la ciudad-fachada.

“Por perfecto que sea el arte en sí mismo, en el momento en que pierde el sentido de la vida o que este sentido discurre en dirección opuesta, se convierte en artificiosidad. (…) Venecia (…) es una ciudad artificiosa(…) Lo ligero y lo libre sólo servían de fachada a una vida oscura, violenta e implacablemente funcional, aquí su hundimiento no había dejado más que una escenografía desalmada: la belleza mentirosa de la máscara.”[9]

En el juego incesante de las máscaras, la apariencia- en términos de Simmel- predomina sobre el ser, generándose un clima de teatralidad, tan ajetreada como estéril:

“En Venecia todas las personas se mueven como en un escenario: inmersas en una laboriosidad que no crea nada (…) y tienen un aire de actores que no representan nada (…)”[10]

Nótense las afinidades de las apreciaciones de Simmel con las del historiador Peter Burke, quien en su estudio comparativo sobre las élites de Venecia y Amsterdam en el siglo XVIII, caracteriza a la primera por su predilección por el lujo, el ornato y la impostación de teatralidad en las relaciones sociales.

Finalmente, una consideración sobre los ritmos letárgicos de Venecia:

“Posiblemente no haya otra ciudad cuya vida se desarrolle tan sujeta a un mismo ritmo. (…)Esa es la verdadera causa del carácter “onírico” de Venecia, que existe desde siempre. (…)Un ritmo al que estamos expuestos sin interrupción nos sume en la somnolencia de lo irreal. La monotonía de todos los ritmos venecianos impide la animación y los impulsos necesarios para tener la sensación de plena realidad y nos acerca al sueño, en el que nos rodea la apariencia de las cosas, sin las cosas mismas.”[11]

Góndolas que van y vienen, canales semiestancos, crepúsculos sucesivos, el incesante ajetreo de un mundo sin rozamiento en el que la vida se haya vaciada de toda sustancia, vida que “flota sin raíces como una flor arrancada en el mar(…)”[12]

P.E.B.


Bibliografía:

SIMMEL, Georg: Roma, Florencia, Venecia, Barcelona, Gedisa, 2007


[1] Simmel, Georg: Roma, Florencia, Venecia, Barcelona, Gedisa, 2007, p. 26

[2] Ibídem, pp. 28-29

[3] Ibídem, pp. 32-33

[4] Ibídem, p. 38

[5] Ibídem, p. 38

[6] Ibídem, p. 42

[7] Ibídem, p. 43

[8] Ibídem, p. 44

[9] Ibídem, p. 45

[10] Ibídem, p. 45

[11] Ibídem, p. 47

[12] Ibídem, p. 49


LOS COLLAS-POP DE PIAZZA NAVONA

Enero 28, 2009

Piazza Navona, Enero de 2009

Piazza Navona, Enero de 2009

El colla-pop ya es un tópico de la mitología porteña. Ilustres cronistas le han dedicado aguafuertes en destacadas publicaciones de domingo. En mis regresos del Colegio, camino de una comilona en una hamburguesería, o presto a zambullirme, raudo, en la hospitalidad del calor que emana de las bocas de subte, allí se erigía, siempre, como un móvil perpetuo y colorinche, el colla-pop, enclavado en la parquedad financiera del cemento céntrico.

Uno o múltiple en número, el colla-pop desplegaba su atavío en la peatonal, donde Florida se confunde con Piedras, y desarrollaba indefinidamente su espectáculo, la mayoría de las veces ante una indiferencia plebiscitaria. Pero a algunos jóvenes curiosos nos desconcertaba ese fenómeno inasible que ululaba con persistencia estoica a pesar de los avatares climáticos. Había en aquello algo que no encajaba, algo de dislocado, de discontinuidad punzante que instilaba una rotunda perplejidad en quienes nos apartábamos un minuto del ajetreo incesante de la calle.

La palabra colla es una denominación étnica. Pop es un seudogénero musical. La expresión colla-pop denota, entonces, la combinación de un tipo humano particular, oriundo del altiplano, y un tipo de música nacida en el seno de la sociedad industrial y el consumo masivo. Lo precedente no quita que a veces se dignaran a incluir alguna copla vernácula en el repertorio, lo cual no cambia lo esencial de la naturaleza sincrética del fenómeno. El colla-pop es pop más allá de su repertorio, porque es en sí mismo un exponente puro de la cultura de masas.

Hace no mucho, fatigando las calles de Roma, esa frecuencia de juventud se me apareció como un espectro desvelado que me mostró algunas módicas verdades. Desde que anochece, Piazza Navona es una fiesta inacabable de kermés, ruido y fritanga. Mujeres pechugonas orquestan los juegos con aullidos cerriles, jóvenes envalentonados prueban su puntería dejando tuerto a un monigote o volteando “pitutos” de distinto tipo, un viejo monta un espectáculo de marionetas indecisas que se declaran tímidamente el amor o bailan el can-can con pericia impar. Cuando de repente, de atrás de un árbol…se aparecen ellos, el ensemble de collas-pop de Piazza Navona, un organismo vivo que toca, baila y respira en un unísono perpetuo. Abstraídos de la realidad, fuera del tiempo, hipnotizados por no sé qué vapores de las tórridas tierras del altiplano, los collas ejecutan su melodía sin miramientos, extasiados en la embriaguez dionisíaca. Permanecen impertérritos, impávidos, imperturbables ante la mirada del turista, que los contempla como quien va al zoológico, con esa mezcla de perplejidad y reverencia japonesa que termina por cooptar la actitud de todos. Como dice el filósofo argentino José Pablo Feinmann, la mirada del turista es la cifra exacta de la existencia inauténtica.

Cuando pararon para reponer fuerzas, me acerqué con cautela a uno del grupo. Intercambiamos palabras convencionales. Me refirió que era peruano y que vivía en Roma desde hacía ya veinte años. Le dije que era argentino y que estaba de vacaciones; agregué que era una grata sorpresa encontrarme con hermanos latinoamericanos tan lejos de mi patria y que sus tonadas nostálgicas me la traían un poco más cerca en mi exilio de ocio. Jamás proferí mentira más forzada, mendacidad probablemente advertida por el susodicho, que me devolvió una mirada oblicua, menos por mi empatía impostada que por saber lo que yo había descubierto.

Desarraigados de su ayllu primordial, fuera del terruño, los collas, dispersos- al decir de Cané- por todos los rumbos de la tierra, se han conjurado en una cofradía cosmopolita, oculta bajo el velo pintoresco del localismo. En sus estandartes exhiben consignas de paz y comunión del hombre con la naturaleza, y otras baratijas con cierto barniz de hippismo, que no son sino la divisa dilecta de la reacción. Así como la internacional de los filósofos desocupados conspiró para hacer la Revolución Francesa, ¿quién sabe a qué secreto móvil destina sus afanes la internacional colla? No tengo que recordarle al lector el arraigo creciente de la ideología del indigenismo, que forma funesto cocktail con el populismo en más de un país latinoamericano. Más vale estar precavidos y no dejarse engatusar por el colorido fulgurante que camufla lo inefable.

P.E.B.


MAR DEL PLATA, EL OCIO REPRESIVO

Enero 25, 2009

Bien entrado ya el veranito con su solazo y su incivilidad, hayamos vuelto, estemos, o vayamos a ir de vacaciones, llega el momento ineludible de hacer su crítica.

Nunca me gustaron las vacaciones, por eso casi nunca viajo a ninguna parte. Como casi todas las personas, ignoraba las razones de mi preferencia o aversión. Buscando en mi librería de izquierda de cabecera, encontré algunas respuestas en este librito, Mar del Plata, el ocio represivo, de Juan José Sebreli, leído, sin paradoja, de a tramos entre viajes en trenes europeos, y que paso a reseñar a continuación.

Portada de la segunda edición, 1970

Portada de la segunda edición, 1970

El libro, contracara del clásico Buenos Aires, vida cotidiana y alienación (1964), no es otra cosa que una crítica al fenómeno de las vacaciones tal como se da en la sociedad capitalista contemporánea. Para ilustrarla, el autor toma como caso de estudio nuestra queridísima Mar del Plata. Se compone el libro de dos partes: una historia de Mar del Plata como ciudad turística y la crítica a las vacaciones propiamente dicha, que no es sino una aplicación de ciertos conceptos de la Escuela de Frankfurt al fenómeno del turismo de masas.

Cuando anuncié que iba a reseñar ¡un libro sobre Mar del Plata!, mis interlocutores se mofaban de que fuera a perder el tiempo en semejante fruslería. Pero el mismo autor, en la introducción al libro, prevé críticas de ese pelaje: “El espíritu de seriedad académica me acusará, como ya lo ha hecho en trabajos anteriores míos, de frivolidad y superficialidad, como si la reflexión sobre un fenómeno frívolo deba ser necesariamente una frivolidad (…). En el marxismo no se concibe tal dualismo entre cotidianeidad e Historia: todos los fenómenos humanos son igualmente históricos. Esto no significa por supuesto que la historia deba interpretarse a partir de la vida cotidiana, sino, por el contrario, que la vida cotidiana debe interpretarse a partir de la historia.”[1]

Y, junto con la acusación de frivolidad viene la de aguafiestas, cargo que más de una vez me han imputado a mí mismo: “Para aquellos que quieren ver la realidad argentina sólo desde la perspectiva de una mañana de sol en la playa, este libro, como otros míos, será la nota discordante de un inoportuno aguafiestas que viene a perturbar una reunión donde todos quieren estar alegres a cualquier costa. (…) Mar del Plata es sin duda la ciudad ejemplar, el espejo donde debe mirarse todo el país, y cualquier crítica al respecto caerá como un despropósito. Pero ni el país, ni la época ni la vida se adecúan [sic] literalmente a la bucólica ciudad-feliz.” [2]

Esta noticia abundará en citas seleccionadas especialmente, algunas por verdaderas, otras por hilarantes, que me limitaré a hilvanar. A falta de algo que decir, dejo hablar al autor.

Historia de “La Feliz”

Comienza el librito con una descripción de la evolución histórica de Mar del Plata, desde los días de los exploradores, pasando por la era del tasajo, cuando la idea misma del turismo era impensable, revisando las distintas etapas de la ciudad ya convertida en balneario: desde su esplendor como enclave de veraneo de la oligarquía local hasta el apogeo del turismo de masas.

El estudio histórico se abre con el siguiente párrafo, de un pintoresquismo deliberado:

“Hubo una época en que Mar del Plata no era sino una región perdida, enclavada entre el desierto y el mar, con lomas azotadas por el viento, médanos y rocas cubiertas de musgo, golpeadas por las olas. Entonces el viaje era una verdadera aventura, con obstáculos innumerables, fatiga, peligros, privaciones, angustia de lo desconocido, lucha con las fuerzas de la naturaleza, que sólo se atrevían a afrontar intrépidos conquistadores o fanáticos jesuitas que cruzaban a caballo la pampa, o alguna vez, piratas que llegaban perdidos a esas costas desoladas, sólo pobladas por salvajes”.[3]

“Las misiones religiosas, las aventuras piratas y las expediciones militares constituyen la prehistoria de Mar del Plata, la historia real comienza recién cuando poderosos intereses económicos arraigan en ella, iniciando la era del tasajo”[4]

“La real existencia histórica de Mar del Plata tiene su origen en el proceso de acumulación primitiva de los medios de producción a partir de la revolución burguesa de 1810, es decir con el reparto de la tierra y la consolidación de la primera forma rudimentaria de capitalismo agrario argentino: la producción de carne salada o tasajo”.[5]

El turismo es un fenómeno reciente. “En la sociedad precapitalista no se conoce el hotel, sino sólo posadas, bodegones y fondas.”[6] Surge recién en las postrimerías del siglo XIX como moda entre la alta burguesía europea, ávida de escapar del hacinamiento de la sociedad industrial y de ostentar el producto de la acumulación en lo que Thorstein Veblen ha llamado “consumo conspicuo”. En la Argentina, la llamada “vuelta al campo”, catalizada por las ciudades atestadas de inmigrantes, asumió la forma de la creación de espacios de veraneo, alejados de una urbe devenida infecta y sórdida.

Las primeras temporadas exhibían un lujo asiático y contaban con la presencia de la crema batida de la oligarquía local; el vicepresidente Pellegrini solía animar las veladas. El almuerzo inaugural del hotel Bristol contó con una presencia insólita: “Entre los asistentes al acto estaba el que más tarde sería el último zar de Rusia, Nicolás II[7]

En una época en la que campeaban el pudor y la represión en las costumbres, el baño tomaba la forma de un estricto ritual:

“En los primeros tiempos damas y caballeros bajaban a la playa en riguroso vestido de ceremonia, ellas con capelinas, y ellos hasta con galera y cuello duro”[8]

“Al llegar los bañistas a la playa, los bañeros procedían a la rigurosa discriminación sexual. Pero, a pesar de esa separación, las mujeres se cuidaban hasta lo ridículo: avanzaban hacia el mar dentro de casillas de madera con ruedas que ya en el agua dejaban en manos de los bañeros.(…) Ya en el mar, las mujeres se bañaban tomadas de la mano del bañero, o formando ronda entre varias de ellas, mientras proferían alegres gritos. En el trayecto de la casilla hacia el mar, que hacían corriendo como si estuvieran escapando de un peligro, dejaban ver por un instante el traje de baño de sarga azul que llegaba hasta los tobillos cubiertos por medias rosadas (…) La indumentaria de la playa tenía un significado ambivalente: ocultaba y a la vez sugería el atractivo sexual, de ahí también la actitud contradictoria que provocó y que persiste aún en nuestros días frente a modas mucho más audaces”.[9]

No obstante, la represión férrea creaba sus propios intersticios para permitir el escape de las pulsiones eróticas, que muchas veces adoptaban, bajo la mirada actual, formas ingenuas:

“En esas casillas de madera aparecían todos los días agujeros que hacía desde afuera algún nuevo Acteón para espiar a las mujeres cuando se desvestían. Las ninfas castigaban al que conseguían sorprender con un jeringazo de agua salada ya preparado para tal efecto, provocando frecuentes irritaciones oculares”.[10]

“Estos muchachos frecuentemente desaparecían de la rambla, ocultándose en la parte de la playa debajo de la plataforma de madera, por entre cuyas rendijas espiaban a las mujeres mientras se masturbaban. Esta práctica resultó tan generalizada que hubo que alambrar esa parte de la playa (…)”[11]

El advenimiento del peronismo puso fin al predominio de la oligarquía en una Mar del Plata casi privada, donde todos se conocían, iniciando la era del turismo de masas:

“(…) el peronismo agregaba un nuevo golpe a la oligarquía con la democratización de Mar del Plata, privándola de otro lugar de reunión exclusivo, libre de la intromisión de extraños.(…)El revés del infierno peronista para las clases altas era el paraíso peronista para las clases populares(…)En los últimos años de su gobierno, Perón parecía creer que el país entero y él inclusive tenían que divertirse.(…) Mar del Plata conoció también como Buenos Aires el clima de fiesta permanente en que vivía el peronismo(…) ”[12]

El turismo de masas, no obstante su apariencia de liberación democrática, cae en contradicciones que frustran su propósito inicial: “En departamentitos concentracionarios, en celdas de dos por dos, sin aire, ni luz, se hacinan familias enteras que han ido a Mar del Plata a “respirar”.[13]

Crítica de la diversión alienada

Mar del Plata es una ciudad que vive de y para el turismo, el colmo de la inutilidad en un país acosado por la miseria. Esta existencia fuera de sí genera una sociedad esquizofrénica:

“Coexisten pues en Mar del Plata dos sociedades yuxtapuestas, la sociedad puramente consumidora de los turistas que se divierten y los marplatenses que se ven mezclados pero no unidos a los turistas, participando sólo en parte de la fiesta, trabajando discreta y silenciosamente para que la diversión sea posible. Los marplatenses no son sólo los intermediarios entre le producto y el consumidor, sino que su puesto les da una significación especial: están para satisfacer los deseos del turista ávido de diversiones, tienen en sus manos los productos anhelados por el turista, los supuestos placeres, el ilusorio goce de la vida. Deben por lo tanto tratar de descubrir las necesidades del turista, interpretar sus deseos más íntimos, adherirse a éste por una especie de sistema de dependencia que no puede ser vivido sino conflictualmente.” [14]

“La llegada del turista, convertido en el centro de atracción, en la vedette, en la realidad esencial, transforma al marplatense en el otro, en lo subordinado, lo marginal, lo inesencial (…) El turista ejerce de ese modo, para el marplatense, una especie de atracción repelente (…) Por todo esto el marplatense no sabe bien si rechazar al turista o imitarlo, y en la duda no resuelta, adopta las dos actitudes al mismo tiempo, provocándose de ese modo un verdadero desgarramiento de conciencia”.[15]

Sebreli también analiza el fenómeno de las formas estandarizadas y alienadas de diversión en la época en que la cultura juvenil irrumpe en el centro de la escena, advirtiendo, no obstante, su carácter fabricado:

“El “juvenilismo” lejos, por supuesto, de ser espontáneo, está perfectamente dirigido y manipulado por la sociedad establecida, se trata de integrar también a la juventud al mercado consumidor (…) La exaltación de la juventud como un valor en sí antes inconcebible, que irrumpe en Buenos Aires como en otras grandes ciudades del mundo, encuentra en Mar del Plata el ambiente propicio”. [16]

“El “ruido” es el mundo de la diversión alienada, cosificada, convertida en mercancía(…) Si en otra época la vedette de los lugares de diversión nocturna era el barman, éste ha sido desplazado por el whisky estandarizado; la vedette es en su lugar el discjockey que de simple pasadiscos, sucesor de las legendarias vitroleras de los cafés para hombres solos en los treinta, se convirtió poco a poco en el planificador psicosocial de la alegría organizada.(…) La moderna boite de la actual sociedad técnica se parece más que nada a una central técnica, con su tablero conmutador, donde apretando botones y moviendo palancas se produce una diversión basada en los reflejos automáticos de los bailarines, convertidos en robots al ritmo hipnótico de una música mecánica.”[17]

Es falsa la idea de que las vacaciones son una instancia libertina donde se puede dar rienda suelta al amor libre y pueden ocurrir aventuras fortuitas:

“Pero ese aparente desenfreno es paradójicamente antierótico. En los night clubs de la avenida Constitución no se permite la entrada a hombres y mujeres que no constituyan pareja, impidiéndose de ese modo todo tipo de relación fortuita.(…) Al final de esas noches de tanto agitación, para nada, los jóvenes bailarines quedan tan agotados que no desean sino irse inmediatamente a dormir. El baile, como el deporte, ha cumplido su función de exutorio de las energías sexuales.(…) “La búsqueda de pareja en Mar del Plata, que se vuelve casi obsesiva entre la gente joven, rara vez llega al acto sexual.” [18]

“La propaganda de la industria de la diversión crea en todos los jóvenes del país la ilusión de una Mar del Plata desenfrenada donde se suceden las fiestas más locas que puedan soñarse (…) Cuando llegan se encuentran con un mundo de familias apacibles que van al cine. (…) Lo único desenfrenado que encuentran (…) es la pareja de piedra en posición de pedicatio.(…)[19]

“Para el turista inexperto y sin agallas sólo queda una escapatoria: las prostitutas viejas, feas y cansadas que rondan por la acera derecha yendo hacia el mar de la avenida Luro, o las más baratas aún de La Perla (…) y que llevan a sus clientes a algún hotelucho siniestro donde el cuidador nocturno es mitad perro guardián y mitad alcahuete”

“Los impulsos sexuales sin posibilidad de descarga se emplean en los bailes agotadores, o en el auto-verdadero sucedáneo, en muchos jóvenes, de la amante- con el que se practica ese substituto del coito llamado “picada”.”[20]

Es, en suma, lo que el autor ha anunciado en el título del libro con el nombre de “ocio represivo”:

“El concepto de ocio represivo que me sirve para interpretar el fenómeno turístico es un derivado de la teoría de la desublimación represiva expuesta por Marcuse. La desublimación represiva, según Marcuse, es una “liberación de la sexualidad en modo y bajo formas que disminuyen y debilitan la energía erótica”. Cuando los elementos sexuales son introducidos en la publicidad comercial, en el cine, en la televisión y, en el caso que nos interesa aquí, en la industria del turismo, no significa que le erotismo haya extendido su dominio sino que se lo ha convertido en mercancía, en valor de cambio, al servicio de los grandes intereses de la sociedad capitalista. [21]

Crítica de las vacaciones

El último capítulo del libro pone al descubierto el “mito de las vacaciones”. Sebreli señala su carácter ritual, emparentándola con fenómenos más vastos de la antropología con los cuales reviste fuertes analogías.

“Las mismas características de la ceremonia religiosa, la fiesta sagrada y el juego volvemos a encontrarlos, ahora confundidos, en uno de los grandes mitos del siglo veinte: las vacaciones, esas hierofanías fulgurantes que atraviesan la vida cotidiana del hombre contemporáneo”[22]

Como el juego y la ceremonia religiosa, las vacaciones se basan en la división estricta entre tiempo sagrado y tiempo profano, así como en la delimitación rigurosa de un espacio sagrado:

“El turista que sale del límite convenido, como un jugador torpe que tira la pelota fuera de la cancha, se encuentra intempestivamente en un universo indiferente y hostil que destruye la magia de las vacaciones, allí los marplatenses que van a su trabajo, que hacen su vida cotidiana, ofician de aguafiestas pues al no participar del juego muestran el carácter momentáneo del mismo, descubren la ilusión en que se funda el mundo del turista. Alrededor del juego es preciso que exista un círculo para protegerlo, cuando se salta el círculo, el juego queda en ridículo.”[23]

“Del mismo modo que los creyentes llevan de los lugares sagrados objetos-fetiches, poseedores de mana, con el fin de trasladar algo de las virtudes mágicas del lugar a sus hogares, o de transmitirlas a parientes y amigos que no han podido estar en el lugar, los veraneantes recurren al “recuerdo de Mar del Plata”, toda una industria de lo feo y lo inútil, fabricado por los improvisados artesanos marplatenses durante el largo invierno(…) el fetiche debe ser poder llevado consigo, si el mar fuera sólido y pudiera cortarse en pedacitos también se vendería como objeto-fetiche(…) Con la organización de la industria en gran escala de los alfajores marplatenses, la cosa-fetiche desaparece para dar lugar al alimento-fetiche”[24]

“Contra la moral del Ser, es decir de la estabilidad, de la permanencia que domina en el tiempo de trabajo, el hombre intenta realizarse en la fiesta y en las vacaciones como vida inmediata, como existencia momentánea y fugaz. Sin pasado ni futuro, quemándose en el fuego de las pasiones, agotándose en un instante, o sea destruyéndose. Una vida que se consume a la vez que se consuma.”[25]

Para el autor, la democratización del ocio no es sino una maniobra del “capitalismo monopolista” para satisfacer sus propias necesidades de producción y eclipsar la conciencia de clase del proletariado para evitar el cuestionamiento del orden:

Integradas al sistema y condicionadas por las relaciones económicas del capitalismo, las vacaciones no son sino una preparación para el tiempo de trabajo, una reparación de fuerzas y un equilibrio indispensable.(…) En una sociedad alienada no hay ninguna posibilidad de que el ocio y la diversión no sean también alienados.”[26]

“La extensión de las masas hacia lo que antes era sólo privilegio de minorías es exaltado por los apologistas del neocapitalismo como una de sus más altas conquistas y como la eliminación progresiva, pacífica, de las diferencias de clase. Esta teoría no es, por supuesto, sino una vasta maniobra de mistificación.”[27]

“En la playa, las clases sociales se confunden en una sola: la clase turística, las jerarquías sociales son aparentemente olvidadas, la desnudez es niveladora” [28]

“Desde entonces [los trabajadores] no vivirán sino para recuperar el brillante fantasma que habían sido durante las vacaciones. Trabajarán horas extras para volver a Mar del Plata. El mes de ilusión es la verdadera vida, para llegar a la cual hay que aguantar los once meses restantes. En realidad, no tienen vacaciones porque trabajan, sino que trabajan para tener vacaciones. Pero la trampa reside en que tienen vacaciones para poder seguir trabajando. (…)[29]

“Se organiza entonces la diversión para que sirva de válvula de escape de energías peligrosas para el mantenimiento del orden establecido (…). El látigo ha sido sustituido por el terrón de azúcar, aunque en la otra mano se siga mostrando el látigo para cuando el azúcar no sea suficiente. La extensión de las vacaciones no implica sino la asimilación de las clases oprimidas a la sociedad de opresión, de tal modo que ya no tenga ni siquiera conciencia de la opresión y desaparezca toda forma de protesta.(…) “El turismo, como el deporte, constituye además para los regímenes reaccionarios un medio de despolitización de las masas, un eficaz antídoto contra las “ideologías”.[30]

“No debemos olvidar que el neocapitalismo no es sólo una reorganización de la economía en los países de alto desarrollo industrial, sino también una “ideología” en el sentido de falsa conciencia, destinada a enfrentar toda crítica al sistema y, en los países dependientes como el nuestro, un modo de enmascarar al neoimperialismo (…) La peculiar posición de nuestro país- capitalista pero a la vez dependiente- nos hace sufrir los males de la alienación indigente y a la vez de la alienación “opulenta”. (…) Mar del Plata, centro de consumo puro en el corazón del subdesarrollo, foco de lujo rodeado de atraso y miseria, es un signo típico de la ideología neocapitalista entre nosotros.[31]

“Lo que ocurre es que el capitalismo monopolista no sólo explota el trabajo del proletariado, sino también su ocio, manipulando sus necesidades eróticas, excitándolas mediante la publicidad, organizando y administrando su aparente satisfacción(…)”[32]

“La sociedad hace actualmente vivir al hombre en condiciones tan oprimentes que lo obliga a huir, y después le vende el medio para huir, que no es sino la rueda de la ardilla”[33]

La salida de una sociedad esencialmente cerrada es imposible, porque ésta ha manipulado el concepto de ocio hasta un punto tal que, dentro de sus parámetros, el verdadero ocio resulta inconcebible.

“Es absurdo pretender huir de la sociedad industrial utilizando para ello las redes de comunicación trazadas y controladas por la propia sociedad industrial capitalista; de una estación, decía Otto Weininger, no se puede jamás partir para la libertad. No se puede llegar a la aventura utilizando un servicio público”[34]

También dedica un párrafo a un fenómeno que sigue de moda, y que yo hago propio para dedicarle a mis amigos que lo practican:

“Toda tentativa por huir del turismo organizado es muy pronto absorbida nuevamente por el turismo organizado: tal el caso del movimiento juvenil “mochilero” que comenzó hace algunos años. La supuesta vuelta a la naturaleza de los “mochileros” resulta hoy una burda patraña. Existe una industria bien organizada que provee a los jóvenes “salvajes” del equipo necesario para el camping.(…) En una sociedad donde las negaciones parciales son recuperadas y las críticas parciales, asimiladas, la única manera de huir de ella es rechazándola radicalmente; por eso la guerrilla campesina es hoy la única experiencia auténtica de “vuelta a la naturaleza”.[35]

“No importa que los individuos puedan sentirse liberados y felices durante las vacaciones, porque no conocen la verdadera felicidad y la verdadera libertad. (…) La creación de un tiempo libre como dimensión cualitativamente nueva de la vida humana, presupone, no sólo la reducción de la jornada de trabajo, sino también la creación de una sociedad libre”[36], resultando imposible en la actual “donde ya no existe ningún resquicio que permita la evasión del individuo y donde todas las actividades humanas están rigurosamente dirigidas por las técnicas autoritarias de manejo y manipulación del hombre”[37]

Dejo al lector la reflexión sobre la validez y la actualidad de las citas arriba expuestas.


P.E.B

Bibliografía:

Sebreli, Juan José: Mar del Plata, el ocio represivo, Buenos Aires, Tiempo Contemporáneo, 1970


[1] Sebreli, Juan José: Mar del Plata, el ocio represivo, Buenos Aires, Tiempo Contemporáneo, 1970, p. 12

[2] Op. Cit., p.15

[3] Op. Cit., p.17

[4] Op. Cit., p. 20

[5] Op. Cit., p. 21

[6] Op. Cit, p. 46

[7] Op. Cit., p. 47

[8] Op. Cit., p. 55

[9] Op. Cit., p.57

[10] Op. Cit., p. 59

[11] Op. Cit., p. 60

[12] Op. Cit., pp. 87-88

[13] Op. Cit., p. 89

[14] Op. Cit., pp. 91-92

[15] Op. Cit., pp. 92-93

[16] Op. Cit., pp. 90-91

[17] Op. Cit., p. 94

[18] Op. Cit., pp- 95-96

[19] Op. Cit., p. 98

[20] Op. Cit., p. 98

[21] Op. Cit.,, p. 14

[22] Op. Cit., p. 109

[23] Op. Cit., p. 111

[24] Op. Cit., p. 112-113

[25] Op. Cit., p. 116

[26] Op. Cit., p. 123

[27] Op. Cit., p. 121

[28] Op. Cit., p. 122

[29] Op. Cit., p. 122

[30] Op. Cit., pp. 124-125

[31] Op. Cit., p. 126

[32] Op. Cit., p. 128

[33] Op. Cit., p. 132

[34] Op. Cit., pp. 132-133

[35] Op. Cit., p. 133

[36] Op. Cit., p. 127

[37] Op. Cit., p. 136


KODO: la obra de arte total

Noviembre 19, 2008

El pasado 5 de noviembre, para el último concierto del segundo ciclo de la temporada 2008, el Mozarteum argentino presentó al ensemble KODO de percusión japonesa. Otras Ultimaciones no podía faltar al evento. Confieso de antemano que superó mis expectativas. El que escribe esperaba un concierto exótico, curioso, distendido, preparado para satisfacer el afán de orientalismo de la oligarquía local. Pero mi expectativa de bucolismo imperial se vio frustrada para bien: KODO es un espectáculo que deja sin respiro al espectador, una tensión incesante, tántrica y pródiga en aullidos.

Antes de comenzar, el altoparlante anunció la prohibición de sacar fotografías o filmar el espectáculo, haciendo honor a la vieja superstición japonesa según la cual el ferroprusiato arrebata el alma del retratado. El japonés es fotómano, pero aborrece ser fotografiado.

KODO, digámoslo sin ambages, es la murga más sofisticada del mundo. A la señora mojigata promedio suelen repugnarle las manifestaciones del arte popular urbano; mas si éstas vienen a satisfacer su hambre de exotismo- sub specie orientalis – bajo la forma de japoneses semidesnudos que se entregan a un frenesí extasiado, condesciende sin reservas.

La tribu, Puerta a lo desconocido, Canción del leñador, Como un bosque en el océano, Platillos, Mariposa, Camino del rocío…títulos a todas luces diseñados por la perfidia japonesa para engañar al espectador, haciéndole creer que pasará un momento de relajación zen, cuando en realidad será sometido a una de las formas más sutiles de la tortura: el tamborilleo incremental. Durante el espectáculo, sin que el espectador lo sospeche, los japonesitos controlan su ritmo cardíaco mediante sus artificios de percusión.

Las afinidades interculturales no tienen fin. Los japoneses- probos plagiarios de la relojería suiza- también saben imitar bastante bien las danzas collas y los flautistas pueden reproducir hábilmente la tradicional tonada del afilador que evocamos con nostalgia los cultores del barrio.

El número más impresionante es el penúltimo. Por fin la troupe de amarillos lleva al centro de la escena el tambor gigante que desde el comienzo había estado en el fondo del escenario. ¡El bombo enorme, terrible, cifra de las tradiciones políticas vernáculas, para deleitar al espectador local! Sí, cuanto más grande, mejor. Lo disponen de manera transversal al escenario y se pone un japonés en cada extremo. Golpean in crescendo, primero suave, después cada vez más fuerte, sin verse nunca: una perfecta metáfora de la incomunicación humana.

Acaban los japoneses con un colorido número grupal, ya habiendo inundado la sala con su sudor incesante y rancio, producto de su hipertrofia hormonal y la tarde canicular que asedió la ciudad.

Cuando uno llega a cierto punto del frenesí, como en las orgías, no hay vuelta atrás. La única salida posible es el suicidio en masa, de ellos y de nosotros. Lamentablemente, la japonesada no entendió muy bien las reglas de la economía de los placeres y dio por finalizado el espectáculo recibiendo a cambio la burguesa mediocridad de un aplauso. Terminada la fiesta, vuelta al supermercado y al tedio implacable de la rutina.

P.E.B.